Ser imbécil por un día: la nueva experiencia 'premium'

Ser imbécil por un día: la nueva experiencia 'premium'

Hay anuncios que dicen mucho más de una sociedad que cualquier encuesta. El otro día recibí uno que me ofrecía ser piloto de Fórmula 1 por un día. No hablaba de conducir un coche de carreras, ni de dar unas vueltas a un circuito, no. Ser piloto de Fórmula 1, sin ambages. Durante unos segundos imaginé a Fernando Alonso cediéndome el asiento porque aquel domingo me tocaba a mí.

Luego seguí leyendo la letra pequeña y descubrí lo de siempre: un monitor, un circuito adaptado, unas instrucciones para no matarte, tres vueltas, una fotografía y un diploma para colgar en el salón. Lo justo para volver a casa convencido de que habías cumplido un sueño sin la molestia de haber tenido que perseguirlo. Lo curioso es la cantidad de cosas que se venden actualmente "por un día". Cocinero por un día, pintor por un día, DJ por un día, capitán de barco por un día, enólogo por un día... Parece que el mercado ha descubierto que la forma más rentable de vender una profesión consiste en eliminar todo aquello que la convierte en una profesión: el esfuerzo, el fracaso, la constancia, el talento y esos veinte años de trabajo que nadie sube a Instagram. Nos quedamos con el uniforme, la foto y la anécdota.

En el fondo hemos encontrado una manera extraordinariamente cómoda de cumplir nuestros sueños: rebajarlos hasta que quepan en una mañana de sábado. Ya no hace falta querer ser piloto, basta con parecerlo durante cuarenta minutos. No hace falta aprender a cocinar; es suficiente con salir de un taller sujetando una paella mientras alguien nos graba para las redes sociales. Lo importante no es haber llegado, sino haber estado un rato. Todo esto, naturalmente, nos lo venden como experiencias, esa palabra tan maravillosa para justificar cualquier sablazo.

Ya no compramos entradas; compramos experiencias. No vamos a un concierto; vivimos una experiencia inmersiva. No cenamos; disfrutamos de una experiencia gastronómica. Y ahora tampoco jugamos a ser pilotos, chefs o artistas; vivimos la experiencia de serlo. Hemos conseguido que hasta disfrazarse fuera de carnaval suene premium. Lo más ingenioso del invento es que nadie se siente engañado. Al contrario, salimos encantados. Pagamos cientos de euros por acercarnos durante unas horas a una vida que sabemos que nunca será la nuestra y, lejos de decepcionarnos, volvemos felices porque tenemos una fotografía que demuestra que, al menos durante un rato, conseguimos engañar a nuestra frustración por no haberlo intentado siquiera.

Supongo que por eso nadie anuncia un curso para ser administrativo por un día, la épica nunca rellena hojas de Excel. La industria ya ha descubierto que cualquier identidad es vendible. Piloto, chef, capitán, artista. Solo falta que alguien comercialice la experiencia definitiva: ser imbécil por un día. Aunque, pensándolo bien, quizá esa ya exista, y lo único que cambia es el precio de la entrada.