El maltrato animal: indicador de psicopatía y de mayor peligrosidad en casos de violencia de género

El maltrato animal: indicador de psicopatía y de mayor peligrosidad en casos de violencia de género

De pequeños, exploramos. Es la base de la evolución y lo hacemos con todo lo que tenemos a nuestro alrededor: queremos saber a qué sabe una piedra o qué se siente al tocar una llama. Experimentamos con todo: objetos, personas, plantas y animales. Desde capturar moscas o aprisionar abejas bajo un vaso de cristal. Por eso muchos sabemos que, si se le corta la cola a una lagartija, la extremidad se sigue moviendo después. No hay maldad en nada de eso, es genuina curiosidad. La alarma se enciende cuando el acto se excede del mero experimento. El vínculo entre maltrato animal y psicopatía está ampliamente documentado en la literatura académica, pero no es solo un tema de psicópatas. En la violencia de género también hay conexiones.

En el manual de psicopatología por antonomasia (el DSM-5) se incluye la crueldad hacia animales como uno de los criterios del trastorno de conducta en la infancia, que puede evolucionar más adelante hacia el trastorno antisocial de la personalidad. Las investigaciones de Robert K. Ressler, el famoso agente del FBI que inspiró la serie Mindhunter, mostraban que muchos asesinos en serie habían maltratado animales durante su niñez o adolescencia. Esta observación dio lugar a la conocida “triada de Macdonald” o “triada homicida”. Una teoría psicológica que vincula comportamientos en la infancia con la violencia en la edad adulta. Macdonald hablaba de enuresis (micción involuntaria durante el sueño), la piromanía y la crueldad animal como indicadores tempranos de psicopatía.

Claro que no todos los casos de maltrato animal implican psicopatía. Algunos pueden estar relacionados con negligencia, desconocimiento o contextos socioculturales específicos. Y también, con la experimentación. Sin embargo, cuando el maltrato es intencional, repetido y acompañado de disfrute, aumenta significativamente la probabilidad de personalidad antisocial. El peligro está en el por qué. Si es una forma de obtener placer y excitación, un mecanismo de control o intimidación, o como ensayo y entrenamiento para la violencia interpersonal, la alarma se enciende.

La conexión con la violencia machista es más reciente y abarca distintas aristas. Varios estudios muestran que un porcentaje elevado de víctimas de violencia machista han narrado episodios de maltrato animal. El maltratador lo utiliza como forma de violencia psicológica hacia ellas, un instrumento de coerción o intimidación. Aprovechan el apego hacia el animal como arma de dolor. Y aquellos que usan la mascota para hacerle daño a la mujer, suelen ser más peligrosos para sus víctimas en comparación a quienes no lo hacen.

El maltrato animal es la otra cara de la violencia vicaria, y quizá menos conocida pero sumamente dañina. No está incluido específicamente en la legislación, pero un caso en Canarias abrió la ventana. Un hombre fue condenado a 12 meses y un día de prisión por matar a la mascota de su pareja. El Juzgado de Violencia sobre la Mujer número 2 de Las Palmas de Gran Canaria consideró el episodio como violencia vicaria. Hace unos meses, psicólogos, académicos, criminólogos y juristas presentaron enmiendas al anteproyecto de ley orgánica sobre la violencia vicaria precisamente para que incluya el maltrato animal.

La dimensión simbólica es clara. El animal, dentro del núcleo familiar, suele ocupar un lugar afectivo importante. No es solo una víctima directa, sino un vínculo. Atacar al animal es atacar ese vínculo, romper un espacio de seguridad emocional. Por eso, en contextos de violencia de género, el daño al animal es un mensaje, una represalia, una coacción. Pero no todo maltratador es capaz de cruzar esa línea. En general, quienes lo hacen, pueden tener un cierto grado de inclinación hacia el trastorno antisocial o incluso rasgos de psicopatía. En cualquier caso, los estudios demuestran que si usan al animal como arma de coacción, la escalada de violencia con la mujer puede ser mayor.

La presa fácil. El agresor selecciona aquello que no puede defenderse. La vulnerabilidad es el criterio central. El animal es accesible, dependiente y silencioso y el atacante encuentra un espacio de impunidad donde ejercer el control. A esto se suma otro elemento: la herramienta de aprendizaje emocional negativo. No solo desensibiliza frente al sufrimiento ajeno, sino que entrena al agresor en la eficacia de la violencia. Aprende que da resultado, que genera obediencia, que produce miedo. Puede ser, en paralelo, un laboratorio conductual donde se refuerza la idea de poder y dominación. Las mascotas, símbolo de amor, compañía y nobleza, acaban siendo, también, las presas. El odio no entiende de lealtad. Ni el animal de maldad.