Niñofobia en el avión
Este verano mis hijos montaron por primera vez en avión. Casi tres horas de vuelo entre Madrid y Tenerife se tragaron a sus seis y tres años. Mi mujer y yo teníamos claro que no iba a ser un viaje fácil, así que nos armamos hasta los dientes con cuentos, capítulos de Peppa Pig y gusanitos, que son terribles para la nutrición y maravillosos para evitar rabietas. Hasta ensayamos el vuelo en casa los días previos. Pero hubo algo para lo que no nos preparamos: en los aviones también viaja gente con niñofobia.
Nos tocaron dos tipos delante que parecían tener una única preocupación: de qué serie se iban a marcar un maratón durante el vuelo. El caso es que a mis hijos, pasada la emoción del despegue, les llegó el tedio de la velocidad de crucero y empezaron a moverse. Lo normal. Tampoco echaron carreras, pero a los dos caballeros les bastó para chasquear la lengua. Y luego uno se giró indignado porque los niños le habían dado una patada en el respaldo. Le pedí disculpas y volví a recordarles a mis hijos que se estuvieran quietos, pero al otro señor no le pareció suficiente y salió con la frase favorita de los niñofóbicos: "Si no sabéis educarlos, no los subáis a un avión". Mi mujer y yo nos callamos porque cómo le explicas a gente que no tiene ni idea de lo que es de verdad un niño que las reglas del mundo tardan en aprenderse por mucho que se las repitas.
El caso es que aquellos dos pasajeros no son los únicos a los que les molestan los fans de Peppa Pig. Un estudio dice que el 50% de los viajeros volaría encantado en aviones solo para adultos. De hecho, ya hay compañías que ofrecen zonas only adults, vendiendo la segregación por edad como un servicio premium de comodidad. La realidad es que normalizan la idea de que los niños son ciudadanos de segunda de los que hay que protegerse. Diseñar un mundo solo para adultos es una forma de exclusión social. Y resulta curioso que, mientras se intenta que los menores tengan menos derechos en el aire, a las mascotas se les ha mejorado las condiciones para que puedan viajar con sus dueños en cabina. Dice mucho de las prioridades adultocéntricas de nuestra sociedad.
Mientras se intenta que los menores tengan menos derechos en el aire, a las mascotas se les ha mejorado las condiciones
En cualquier caso, ya está bien de decirnos a los padres que no sabemos educar a nuestros hijos. Somos los que peor lo pasamos cuando no se comportan como el mundo espera. Las malas caras y bufidos solo consiguen que todo sea aún más difícil. Lo que sí ayuda es lo que hicieron un par de pasajeras (siempre son mujeres) en nuestro vuelo: les rieron dos gracias a los niños y nos preguntaron si necesitábamos algo. Que sí, que no son tus hijos y no tienes por qué tragártelos (aunque igual luego te acaben pagando la pensión), pero la próxima vez que un niño te moleste, prueba a ser amable. Igual tienes suerte y te da gusanitos.