La caricia más hermosa
La semana pasada tuve que dar una charla a un grupo de directivas del sector del agua sobre comunicación y el futuro del periodismo. Lejos de vislumbrar tedio en el auditorio me sorprendió positivamente el interés que suscitan temas como la desinformación, la infoxicación, el uso y abuso de las redes sociales y el comprender que actualmente estar bien informado es una tarea compleja que requiere una determinación y un esfuerzo enormes por parte del individuo que quiera entender algo de lo que pasa en el mundo.
Tras hacer un análisis del panorama de los medios y los retos que tenemos para comunicar bien, llegamos a la conclusión que me gustaría compartir con ustedes: "Prestar atención es hoy el superpoder más grande". ¿Por qué? Porque muy pocas personas son capaces de hacerlo. Con la irrupción de los smartphones y la IA en nuestra cotidianeidad ya no hace falta ser talentoso; lo único que hay que hacer es trabajar con verdadera atención pocas horas al día. El que logre esto se situará muy por encima de la media.
No hay una sola vez que monte en transporte público y no me dé cuenta de que el 99% de la gente está ensimismada en su teléfono. En el gimnasio ocurre lo mismo: entre pesa y pesa selfie y whatsap al canto. También lo vivo en reuniones de trabajo, conferencias, incluso en comidas y cenas sociales en petit comité donde el abuso de móvil se convierte en falta de educación. El smartphone como prolongación de las extremidades y como microchip en nuestros cerebros.
¿Cuál es la consecuencia? Que hemos apagado el registro del entorno. De nuestro mundo de proximidad y del que nos pilla un poco más lejos. Esa observancia también está apagada en lo político. Caen bombas a pocas horas de avión y parece una realidad paralela que en las redes sociales se intercala con anuncios de cosméticos, ofertas de zapatos y consejos sobre cómo adelgazar de forma saludable. Nos encontramos frente a nuevos medios, pero estamos en proceso de decidir cómo comportarnos con ellos.
Quizá la intimidad y la concentración se hayan convertido en pequeños lujos, en lugares sagrados o en actos de resistencia. La intimidad en este mundo saturado de contenidos banales, en algo tan imprescindible como respirar. Lo asocio a la soledad, que es donde mejor se piensa, se comprende y se vive atentamente. Intentar protegerla es un imperativo de salud mental. ¿Soluciones posibles? Restringir el consumo de redes sociales a momentos puntuales del día. Silenciar el teléfono y minimizar la exhibición de contenidos personales. Un buen comienzo de desintoxicación. Fuera ruido. Uno se intoxica siempre sin querer, o sin advertirlo del todo. Lo tóxico siempre viene enmascarado en una trampa y lo descubres cuando ya estás atrapado. Pasa con las personas, pero también con la comida, con la información y con las ideas. Es un mal muy contemporáneo. Pero ese mal puede ser un buen detonante del cambio y de pronto te hace prestar verdadera atención y te permite reevaluar quién eres y quién quieres ser.
Lo tóxico siempre viene enmascarado en una trampa y lo descubres cuando ya estás atrapado
Simone Weil describió la atención como la forma más rara y pura de generosidad. Destacó que, llevada a su más alto grado, es lo mismo que la oración. Henry Miller señaló que el momento en que uno presta mucha atención a cualquier cosa, incluso a una brizna de hierba, se convierte en un mundo misterioso, impresionante y magníficamente magnífico en sí mismo. Para Ortega y Gasset, nuestro pensador patrio de cabecera, a quién o a qué prestamos atención define quiénes somos. Todas estas definiciones nos dan para pensar horas y días, pero yo me quedo con la de Mario Benedetti que describió la atención como la caricia más hermosa.