Hasta nunqui, Harry… nos das igual.
Pues no, efectivamente: NO vamos a ver las nuevas entregas de HP (y esta vez esas siglas corresponden a Harry Potter, malpensadas).
Sus historias ya nos daban igual de antes, pero ahora hablemos en serio, querides: El esperado regreso al universo de Harry Potter en formato televisivo ha generado tanto expectación como rechazo. Para una parte significativa del público la decisión de no ver la adaptación no responde a una simple cuestión de gustos, sino a un posicionamiento ético.
En el centro de esta controversia se encuentra J. K. Rowling, autora de la saga original. En los últimos años, sus declaraciones públicas sobre la identidad de género y, en particular, de forma orgullosa y abiertamente reaccionaria, contra las personas trans, han sido ampliamente criticadas por organizaciones, activistas y cientos de celebridades y personajes de la cultura (entro los que se encuentran, por cierto, los actores de la saga original). Orgullosa cabeza del movimiento que pretende excluir a las personas trans de cualquier espacio, y fomentando la derogación de derechos trans que ha costado muchas décadas de trabajo conseguir, Rowling ha señalado en sus RRSS que el éxito económico de su obra le permite apoyar causas alineadas con las convicciones que defiende. No hay más preguntas. Dos y dos son cuatro, querides.
En este contexto, el consumo cultural deja de ser neutral. Ver o no ver una serie ya no es solo una elección de entretenimiento, sino una forma de participación en un sistema económico y simbólico. Para muchas personas, apoyar este proyecto implica contribuir a este ecosistema (la autora no deja, además, mucho margen a las interpretaciones); y no participar de su consumo, en cambio, se convierte en una forma de coherencia con la ética personal.
Este fenómeno no es nuevo, pero sí cada vez más visible: audiencias que toman decisiones conscientes sobre qué consumen, evaluando no solo el contenido, sino también las estructuras que lo sostienen.
También es importante señalar que esta postura no es unánime. Existen fans que defienden la separación entre obra y autora, o que consideran que el universo de Harry Potter ha trascendido a su creadora. Sin embargo, para quienes optan por no ver la serie, la cuestión central no es la nostalgia ni el apego emocional, sino el impacto real que puede tener su decisión.
En última instancia, este es un caso que refleja un cambio más amplio en la relación entre cultura, ética y consumo. Os leo en redes o en comentarios aquí, pero no respondo a insultos, churris, y ni los leo. No leáis comentarios de estas bots, querides, con este tema brotan los trolls como setas y leerlas es darle un casito que no se merecen. Tu cutis vales más.
Hasta la próxima semana loquis, y a ti Harry, ya lo siento, pero hasta nunqui. Mis hermanas me importan más que tus sombreros, como tú comprenderás.