La vida del padre

La vida del padre

El padre se cayó, se desgració la cadera y ahí todo se vino abajo. Vivía solo a sus 93 años, aunque había gente que iba a atenderle. Pero lo de solo no es exacto. Vivía con sus miles de fotos, los libros, la música, el ordenador, las cosas que escribía y sobre todo el recuerdo de la madre, que se fue hace tiempo. Entraba y salía, iba a comer a casa de los hijos, veía a los cada vez más escasos amigos. Hacía una espléndida vida de anciano sonriente; sordo como una tapia y con mareos, pero sonriente. Todo eso, la vida de siempre, se acabó la tarde en que se cayó al suelo en la cocina.

Mejor dicho: todo se acabó algo después, el día en que se dio cuenta de que nunca más iba a volver a su casa. Primero fue el interminable hospital. Luego, la residencia donde le atendían y le cuidaban. Ya no podía ducharse, vestirse. Ya no podía ir solo al baño; le ponían pañales que alguien se ocupaba de cambiarle. Tardó meses en dar apenas unos pasos, y siempre con ayuda. Pero su cabeza estaba tan clara como siempre. Y un día, no se sabe cuándo, aquel hombre acostumbrado a dirigir, a organizar, a caminar por los ríos y los montes, a jugar al frontón, a pasear por la playa, decidió que eso que ahora tenía no era una vida digna. Ya no. No era la vida que él quería.

Lo dijo, lo repitió, perfectamente tranquilo, sabiendo bien lo que decía, pero cada vez con más insistencia: quiero irme con vuestra madre. Ayudadme a irme con mamá, que yo solo no puedo hacerlo.

Pero eso es mucho más difícil de lo que parece. Poner voluntaria y conscientemente fin a lo más íntimo y personal que uno tiene, que es la propia vida, es una decisión ante la que inmediatamente se interponen leyes, normas, documentos que había que haber hecho y no se hicieron. Contra esa sencilla opción, la de marcharse por las buenas cuando uno quiere, se levantan costumbres, opiniones, prejuicios, usos sociales en los que todos nos hemos criado. Religiones, desde luego, aunque el padre jamás participó de ninguna. Y la política; hay una bandada negra de abogados que se llaman a sí mismos cristianos dispuestos a reventarle la vida (y el final de la vida) a cualquiera si ello les genera la suficiente popularidad, o seguidores, o apoyos, o fanáticos que jamás conocieron a quien se quiere ir. Ni les importa.

Pasó hace poco con una muchacha, Noelia se llamaba, que tardó dos años en lograr que la ayudaran a emprender su último viaje. El suyo y de nadie más. El final de su vida, que es lo más íntimo que uno tiene desde que nace, estuvo durante meses expuesto a todos los vientos, opiniones, comentarios y destripamientos en la crueldad de las redes sociales. Pobre mujer.

El padre, cada vez más airado porque no le daban ni agua cuando tenía sed (la terrible disfagia de tantos ancianos), decidió aislarse. Era lo único que aún podía hacer solo. Dejó de hablar. Dejó de abrir los ojos. Y se negó a comer. A ver si así…

El padre dijo siempre que la vida consiste en vivir, no en sobrevivir. Pero cuando tú ya no eres capaz de valerte por ti mismo, son los demás, la “sociedad” –toda esa gente que jamás conoció al padre–, quienes invaden por las bravas tu derecho a vivir y te obligan a sobrevivir, quieras o no.

Yo no consigo entenderlo. ¿De verdad alguien se cree que tiene derecho a actuar así? ¿En nombre de qué? Quienes hacen eso ¿no se dan cuenta de que un día u otro puede pasarles a ellos? ¿Qué pensarán entonces?