Entusiastas de las criptomonedas a pesar de la tempestad: "No compro Bitcoins esperando hacerme rico el año que viene"

Entusiastas de las criptomonedas a pesar de la tempestad: "No compro Bitcoins esperando hacerme rico el año que viene"

En agosto de 2019, Javier López abrió una cafetería en un barrio del sur de Madrid. Enfocó aquel negocio como una promesa estable. Una estrategia para construir un futuro con mayor control sobre su tiempo y sus ingresos. Pero el 13 de marzo de 2020, con la declaración del estado de alarma, el proyecto se fue a pique. "Perdí todo lo que había puesto", recuerda. Una sensación de indefensión, de inermidad frente a las circunstancias, que lo hizo reconsiderar sus expectativas financieras, asumir que la única constante en esta vida es el cambio y que no existen apuestas seguras.

El acercamiento a Bitcoin de este consultor de energía y docente llegó después, mientras recogía los pedazos de su fracasado órdago hostelero. Un amigo le habló de esta bizarra y, en apariencia, algo nerdosa idea de las criptomonedas, recomendándole lecturas y cursos. "El libro de Pepe Díaz me voló la cabeza", asegura. Y tanta fue la calentura que López acabó metiéndose hasta la cocina, lo que lo ha llevado a cursar actualmente un máster de tokenización (transformar algo real o digital en una unidad digital) con la plataforma española Tutelus.

Las criptomonedas como el Bitcoin son, en esencia, dinero digital que no depende de bancos ni de gobiernos, sino de una red de ordenadores repartidos por el mundo. No se pueden tocar ni guardar en una cartera física, y su precio sube y baja sin mediar permiso. Eso hace que, para algunos, sean una temeridad. Por si fuera poco, y a pesar de la confianza de López, se está viviendo un momento poco amable para el sector. Desde su máximo histórico en 2025, Bitcoin ha perdido cerca del 50% de su valor y acumula caídas de más del 27% en lo que va de 2026. Un recordatorio de que este mercado puede desplomarse a la misma velocidad con que se dispara. Como Ícaro, las criptomonedas a veces se acercan demasiado al sol y acaban cayendo en picado.

Sin embargo, esto no ha desmoralizado el razonamiento de López. "Entendí que no era sólo un activo que sube y baja", insiste el consultor, "sino una tecnología que cambia quién controla el dinero. Significa libertad, y para mí es una palabra importante". Esa idea de autonomía financiera se convirtió en el eje de su decisión para invertir de forma periódica.

Del entusiasmo al escepticismo

Antes de hablar del crack, vayamos al boom. Álvaro Quesada, director de crecimiento de la plataforma de inversión Lightyear, sitúa el auge reciente de las criptomonedas dentro de un fenómeno más amplio. "El crecimiento de Bitcoin en los últimos años no se puede entender sin el entorno de liquidez abundante y tipos de interés bajos. Cuando el dinero es barato, los inversores buscan activos con mayor potencial de rentabilidad", explica el experto.

El cambio de ciclo económico, según Quesada, ha provocado una corrección que ha puesto a prueba tanto la convicción como la tolerancia al riesgo de los inversores. Una volatilidad que, para López, no contradice su estrategia, sino que la confirma. Sigue comprando pequeñas cantidades cada mes. El verdadero significado de esta inversión, dice, se medirá con el paso del tiempo. "Pero, ahora mismo, el hecho de ser tú una billetera, de ser responsable de tu dinero como si fueras el propio banco, ya me parece una liberación. Con sus ventajas e inconvenientes, claro", concluye.

El cambio de ciclo económico, según Quesada, ha provocado una corrección que ha puesto a prueba tanto la convicción como la tolerancia al riesgo de los inversores.

Pero esa idea de autonomía tiene su límite. Economistas como Nouriel Roubini califican a Bitcoin como un activo puramente especulativo que no cumple las funciones de una moneda y puede generar riesgos graves para quienes se lanzan a tumba abierta. Sin red de seguridad. Tanto la Comisión Nacional del Mercado de Valores como el Banco de España advierten que, incluso con regulación, las criptomonedas siguen siendo altamente volátiles y que las pérdidas de los inversores minoristas no están cubiertas por ningún fondo de garantía. No hay número de atención al cliente, ni súplica, ni entidad a la que reclamar.

Por su parte, Mario Moratalla nunca tuvo la sensación de estar llegando tarde a Bitcoin, sino de no tener motivos suficientes para llegar. Este antiguo periodista de 42 años, hoy convertido en planificador urbano, observó durante años el crecimiento de las criptomonedas como un ornitólogo desde su atalaya. Desde la distancia, Moratalla sentía un gusanillo por el fenómeno, pero no el suficiente como para tirarse a la piscina. "Recuerdo cuando valía mil dólares, pero no sentía que fuera para mí. Me parecía complicado, poco claro y con demasiadas incógnitas", explica. La idea de gestionar claves privadas o abrir cuentas en plataformas desconocidas le resultaba una barrera difícil de justificar.

Su percepción cambió cuando aparecieron vehículos de inversión regulados que permitían acceder a Bitcoin desde plataformas tradicionales. La aprobación de fondos cotizados facilitó el acceso a perfiles que, como el suyo, estaban acostumbrados al funcionamiento del mercado bursátil. "Entré a través de un ETF. Lo hice desde la misma cuenta donde invierto en acciones. Eso lo hizo todo más sencillo", explica. La tecnología seguía siendo compleja, pero la experiencia de usuario se había simplificado lo suficiente como para reducir la fricción inicial.

Sin embargo, su entrada coincidió con un momento de máximos históricos. "Compré por encima de los 100.000 dólares", recuerda. Desde entonces, las correcciones han reducido el valor de su posición. Aunque la cantidad invertida —unos 5.000 euros— no compromete su estabilidad, el impacto emocional de las últimas caídas es inevitable. "Ver un menos 40% en pantalla te hace replantearte muchas cosas", admite. Sin entrar en pánico, ni nada por el estilo, Moratalla sí asume que las criptomonedas son un activo cuyo comportamiento no siempre responde a las lógicas tradicionales.

Ese contraste entre convicción y cautela es, según Quesada, una característica definitoria del mercado actual. "Hay inversores que entran por convicción tecnológica y otros que lo hacen como parte de una estrategia financiera diversificada. Ninguno está necesariamente equivocado, pero parten de expectativas distintas", señala. En su opinión, el error más frecuente es asumir que el comportamiento pasado garantiza resultados futuros. La volatilidad, insiste, no es una anomalía, sino una característica estructural del sector.

El planificador urbano coincide, en parte, con ese diagnóstico. Nunca ha visto Bitcoin como un sustituto del sistema financiero tradicional, sino como un activo de riesgo con potencial de crecimiento. "No lo considero un refugio de valor, al menos no todavía. Es un activo especulativo, y hay que tratarlo como tal", afirma. Su decisión de invertir una cantidad limitada responde precisamente a esa percepción: participar sin comprometer su estabilidad financiera. Miguita a miguita. Nunca dejando todos los huevos en esa cesta.

Invertir entre la convicción y la incertidumbre

Para Javier López, el significado de su inversión va más allá de la rentabilidad inmediata. Encuentra en Bitcoin una forma distinta de reconstruir su relación con el dinero. No lo percibe como una apuesta rápida, esto no son las carreras de galgos ni las casas de apuestas, se trata de un proceso gradual, basado en la constancia y el aprendizaje. "No compro esperando hacerme rico el año que viene. Compro porque creo que dentro de diez o quince años tendrá más valor que ahora", explica. Esa perspectiva le permite mantener la calma incluso cuando el mercado atraviesa períodos de corrección e inestabilidad. Para los entrevistados, las criptomonedas, como la canción de Dragon Ball Z, tal vez vuelen a mayor o menor altura pero no dejarán de ir "siempre arriba (siempre arriba)".

El experto de Lightyear, Álvaro Quesada, considera que este tipo de enfoque es el más coherente con la naturaleza del activo. "Bitcoin es extremadamente volátil. Cualquiera que invierta debe asumir que puede perder un 50% de su valor en periodos relativamente cortos", advierte. Por eso, insiste en que la clave no está en anticipar cada movimiento del mercado, sino en definir una estrategia compatible con la tolerancia al riesgo de cada inversor. "El problema no es la volatilidad en sí, sino la falta de preparación psicológica para afrontarla", añade.

Mario Moratalla entiende que dicha preparación es fundamental. Aunque su inversión es limitada, la experiencia de ver caer el valor de un activo le ha obligado a reflexionar sobre sus expectativas. "Es fácil sentirse cómodo cuando todo sube. Lo difícil es mantener la calma cuando baja", admite. No hay que saltar del avión a la primera turbulencia. Al menos, sin paracaídas.

La diferencia entre ambos perfiles entrevistados no reside únicamente en la cantidad invertida, sino en el significado que atribuyen a esa inversión. Para López, representa una forma de independencia financiera, una alternativa a un sistema que percibe como vulnerable a factores externos. Para Moratalla, es una herramienta más dentro de una estrategia diversificada, una exposición controlada a un sector emergente. Según Quesada, esta coexistencia de perfiles es una señal de maduración.

"Los mercados evolucionan cuando dejan de estar dominados por una única narrativa. La diversidad de enfoques contribuye a estabilizar el ecosistema", explica. La entrada de inversores institucionales, el desarrollo de productos regulados y la mejora de la infraestructura han transformado el panorama, reduciendo algunas barreras de entrada y aumentando la legitimidad del sector.

Aun así, Dios dirá, que rezan las abuelas. Las criptomonedas continúan siendo un territorio en construcción, donde la innovación avanza más rápido que la regulación y donde cada ciclo redefine las expectativas. Para algunos, representan el inicio de una nueva era financiera; para otros, un experimento cuyo resultado aún está por determinar.

Javier López observa ese proceso con una mezcla de cautela y optimismo. No sabe cuál será el precio de Bitcoin dentro de un año, pero tampoco considera que esa sea la pregunta más importante. "Lo importante es entender lo que tienes y por qué lo tienes", afirma. "Hay una cantidad fija de Bitcoins (21 millones) y eso va a hacer que su valor pueda fluctuar, pero es un valor líquido que, a diferencia del dinero tal y como lo conocíamos hasta ahora, no va a depender de los intereses de los Estados". Una característica que, para el consultor energético, es determinante de cara a la inminente inflación.

Mario Moratalla, por su parte, dice que seguirá observando el mercado con distancia crítica. No comparte la convicción de quienes ven en Bitcoin una revolución inevitable, pero tampoco descarta su consolidación como un activo relevante. Entre la convicción y la prudencia, ambos continuarán participando en un experimento económico que, más de una década después de su creación, sigue redefiniendo la relación entre las personas y el dinero.

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