El poema que me escribiste en la boca

El poema que me escribiste en la boca

Existió una vez un beso que lo cambió todo. Incluso cuando nunca se repitió otro como aquel.

Una noche, una simple noche, yo fui feliz. No por algo grandioso ni por una declaración. Ni porque, por fin, pasara lo que llevaba tanto tiempo soñando sin saberlo. Fui feliz porque casi nos besamos. Y luego, de pronto, nos besamos.

Fue después de ese evento literario, tomando algo. Era otoño. Todos hablaban demasiado. Tú llegaste como el torbellino risueño que eres y me hiciste gestos para que me sentara a tu lado, porque éramos amigas y era como si quisieras que me quedara ahí para siempre. Yo también quería. Me hacías sentir segura. Me hacías sentir bien. Me hacías sentir feliz. Me hacías sentir útil. Me hacías sentir…

Propusiste que recitáramos algo para que el rato fuera más ameno y yo pensé «no, por favor, otra vez no; ¿no podemos tomar la Coca-Cola y ya está?». Me daba miedo y vergüenza hablar en público, aunque ese público fuera un grupo de amigos en la terraza de un bar anónimo. Pero siempre tenías esa forma de empujar a los demás sin que lo pareciera. Como si el mundo entero solo quisiera escucharte, complacerte y seguirte.

Yo dudé al llegar mi turno. Terminé leyendo ese micropoema que escribí sin pensar en ti… Y que ahora, desde aquella noche, solo puede hablar de ti:

«Estoy feliz porque un día casi nos besamos.

Estoy triste porque un día casi nos besamos».

Los demás aplaudieron. Yo sudaba. Tú me buscaste la cara y a punto estuve de rechazarte porque no me lo esperaba. Menos mal que no lo hice. Antes de que pudiera entender tu expresión, me besaste. Tuviste mucho valor y te admiro todavía por ello. No sé si llevarías tiempo queriendo hacerlo y ahí encontraste la excusa perfecta. Es una pena que ahora haya excusas de todos los dolores para que no quieras volver a hacerlo.

Tu boca sobre la mía fue un acto leve, pero irreversible. No hubo promesas. Nuestras lenguas ni siquiera se han conocido. Pero nuestros labios lo dijeron todo. Lo que hubo fue algo con el tamaño exacto de la esperanza. Algo tan simple… que fue suficiente como para que yo me quedara anclada ahí.

Una noche, una simple noche, yo fui feliz. No por algo grandioso ni por una declaración. Ni porque, por fin, pasara lo que llevaba tanto tiempo soñando sin saberlo. Fui feliz porque casi nos besamos. Y luego, de pronto, nos besamos.

Fue después de ese evento literario, tomando algo. Era otoño. Todos hablaban demasiado. Tú llegaste como el torbellino risueño que eres y me hiciste gestos para que me sentara a tu lado, porque éramos amigas y era como si quisieras que me quedara ahí para siempre. Yo también quería. Me hacías sentir segura. Me hacías sentir bien. Me hacías sentir feliz. Me hacías sentir útil. Me hacías sentir…

Propusiste que recitáramos algo para que el rato fuera más ameno y yo pensé «no, por favor, otra vez no; ¿no podemos tomar la Coca-Cola y ya está?». Me daba miedo y vergüenza hablar en público, aunque ese público fuera un grupo de amigos en la terraza de un bar anónimo. Pero siempre tenías esa forma de empujar a los demás sin que lo pareciera. Como si el mundo entero solo quisiera escucharte, complacerte y seguirte.

Yo dudé al llegar mi turno. Terminé leyendo ese micropoema que escribí sin pensar en ti… Y que ahora, desde aquella noche, solo puede hablar de ti:

«Estoy feliz porque un día casi nos besamos.

Estoy triste porque un día casi nos besamos».

Los demás aplaudieron. Yo sudaba. Tú me buscaste la cara y a punto estuve de rechazarte porque no me lo esperaba. Menos mal que no lo hice. Antes de que pudiera entender tu expresión, me besaste. Tuviste mucho valor y te admiro todavía por ello. No sé si llevarías tiempo queriendo hacerlo y ahí encontraste la excusa perfecta. Es una pena que ahora haya excusas de todos los dolores para que no quieras volver a hacerlo.

Tu boca sobre la mía fue un acto leve, pero irreversible. No hubo promesas. Nuestras lenguas ni siquiera se han conocido. Pero nuestros labios lo dijeron todo. Lo que hubo fue algo con el tamaño exacto de la esperanza. Algo tan simple… que fue suficiente como para que yo me quedara anclada ahí.

Solo me volviste a besar jugando meses después, en la caseta de una feria. También sin idioma. También sin promesas. También con tus normas. También sin yo hacer nada de vuelta. Ojalá tuviera valor para ser yo la primera en dar dos pasos e iniciar el beso. Nunca me hablaste de esos besos. Y yo, claro, tampoco. Sigo en el mismo error de siempre, ¿recuerdas? «Me quedé esperando a que ella diera el paso, sin darme cuenta de que yo también tenía pies para avanzar hasta sus labios».

Desde entonces, no he vuelto a besar sin sentir que me falta algo. Que me falta ese algo. Fue un beso tan breve que ni siquiera sirvió como respuesta. Pero fue tan exacto que no he podido olvidar la pregunta.

Desde ese día, supe que te amaba. O lo que es peor: que te amaría, aunque nunca me volvieras a besar así. Ya estabas dentro…

Y aquí sigo, años después, feliz porque un día me besaste. Y triste porque ese mismo día también me olvidaste.

© Sara Levesque

Solo me volviste a besar jugando meses después, en la caseta de una feria. También sin idioma. También sin promesas. También con tus normas. También sin yo hacer nada de vuelta. Ojalá tuviera valor para ser yo la primera en dar dos pasos e iniciar el beso. Nunca me hablaste de esos besos. Y yo, claro, tampoco. Sigo en el mismo error de siempre, ¿recuerdas? «Me quedé esperando a que ella diera el paso, sin darme cuenta de que yo también tenía pies para avanzar hasta sus labios».

Desde entonces, no he vuelto a besar sin sentir que me falta algo. Que me falta ese algo. Fue un beso tan breve que ni siquiera sirvió como respuesta. Pero fue tan exacto que no he podido olvidar la pregunta.

Desde ese día, supe que te amaba. O lo que es peor: que te amaría, aunque nunca me volvieras a besar así. Ya estabas dentro…

Y aquí sigo, años después, feliz porque un día me besaste. Y triste porque ese mismo día también me olvidaste.

© Sara Levesque