El 23-F de Tarancón
Todos y cada uno de los españoles que teníamos uso de razón en 1981 recordamos dónde estábamos a las seis y 20 de la tarde de aquel 23 de febrero del que ahora tanto se habla. Cuarenta y cinco años después mi memoria lo retiene al detalle. Ese día y a esa hora me encontraba en la sede de la Conferencia Episcopal, calle Añastro de Madrid, en una pequeña sala donde me había citado el cardenal primado monseñor Vicente Enrique y Tarancón. De camino, el técnico de la Cadena SER con el que fui me había señalado un par de pintadas de las que la ultraderecha franquista le dedicaba al cardenal, "Tarancón al Paredón". Tarancón fue el prelado que tuvo la habilidad, y asumió el riesgo, de abrir la Iglesia católica española (que había paseado bajo palio al dictador) y apartarla del franquismo. Tanta era la inquina que los ultras le profesaban que cuando en 1973 la operación Ogro de ETA acabó con la vida del almirante Carrero Blanco la policía le mandó un coche de escolta con órdenes rigurosas de protegerle.
Los franquistas recalcitrantes le acusaban de traicionar al régimen y de abogar por la aceptación de la democracia, y en la comitiva fúnebre del almirante Carrero, encabezada por el propio Franco, lo explicitaron a placer. Le gritaron "asesino", "fuera obispos rojos» y el mencionado "Tarancón al paredón", que se convirtió en su grito de guerra más recurrente. En aquel séquito funerario se escucharían también algunos "Vivas al obispo de España" que no iban dirigidos a él sino a los obispos Marcelo González y Guerra Campos, que caminaban justo detrás de él y representaban el ala opuesta al aperturismo de la Iglesia de España que propugnaba Tarancón.
Aquella tarde del 23 de febrero le grabamos al cardenal primado una entrevista en la que, tras tocar algunos asuntos específicos de la Iglesia, hablamos de la compleja situación de la política española, sus puntos de vista sobre los entresijos de la Transición y también cómo el terrorismo de ETA, Grapo y los matones de la extrema derecha estaban poniendo en peligro un proceso democrático que había requerido de tanta inteligencia política, tanta generosidad y había costado tanto sacar adelante. Tarancón lo contaba mientras quemaba cigarrillos uno tras otro humeando la atmósfera. Tanta era su adicción al tabaco que sus dedos índice y corazón de la mano derecha estaban teñidos de marrón.
La entrevista había acabado, estábamos ya en los comentarios de cortesía previos a la despedida cuando dos minutos después de las seis y 20 irrumpió de súbito un clérigo con alzacuellos y la cara desencajada. Aquel que supuse era su secretario le dijo con la voz entrecortada: "Monseñor, la Guardia Civil acaba de entrar a tiros en el Congreso". Tarancón me miró, me apretó la mano y sin pronunciar palabra pero con un gesto que revelaba hasta qué punto le alarmaba la noticia, salió de la estancia y el técnico y yo abandonamos la Conferencia Episcopal a toda prisa camino de la radio con el corazón encogido.
Cuando llegamos a la sede de la Cadena SER en Gran Vía 32, era un hervidero. El director de informativos de la emisora, Fernando Ónega, había dado orden de mantener la emisión y contar lo que estaba pasando a toda costa. Es verdad que había preparado un taco de discos con marchas militares por si el Ejército tomaba la emisora como pretendía una columna armada que fue obligada por el general Gabeiras a dar la vuelta cuando ya estaba en la Plaza de España. La radio mantuvo el tipo, fue la noche más larga de mi vida y tuve la satisfacción de retransmitir ya por la mañana la salida de los golpistas. Imposible olvidarlo. Mi entrevista a Tarancón nunca se emitió.