Una abertura silenciosa

Una abertura silenciosa

Al principio pensé que era deseo.

No porque tú lo provocaras de forma consciente, sino porque había en ti una abertura silenciosa que pedía boca. Mi boca. Algo que atraía como atraen las cosas rotas: sin prometer placer, pero exigiendo atención.

Te movías con cuidado, como quien sabe que hay una raja y teme rozarla sin querer. Yo la veía cada vez que te acercabas y luego retrocedías medio paso, cada vez que me mirabas con hambre y enseguida bajabas la vista, como si hubieras aprendido que pedir más siempre acaba pasando factura.

Durante un tiempo dejé que pareciera otra cosa.

Que pareciera piel.

Que pareciera sexo contenido.

Que pareciera esa grieta erótica que invita a ser besada.

Pero no.

No era ahí donde dolía.

Lo entendí una noche en la que te tuve tan cerca que podía oler tu miedo. No tu perfume: tu miedo. Ese que se instala justo detrás del esternón y baja en vertical, abriendo una raja interna que nadie ve, pero que manda.

Ahí estaba.

No estaba entre tus piernas, sino en el centro exacto donde te rompieron el corazón y no supiste volver a cerrarlo bien.

Por eso no avancé.

Por eso mis labios se quedaron a medio camino.

Porque no quería usar esa herida para calmar mi deseo.

Quería besarla para coser.

Me imaginé besándote despacio, no para abrirte más, sino para ir cerrando ese tajo invisible. Un beso aquí, otro un poco más arriba, otro sosteniendo. Como quien sabe que la piel se recompone mejor cuando no hay prisa. Como quien entiende que algunas rajas no se curan con manos, sino con permanencia.

Cada beso, un punto de sutura.

Cada pausa, un «no pasa nada, estoy aquí».

Cada retirada, una forma de respeto.

Si alguna vez dudaste de por qué no fui más allá, no fue por falta de ganas.

Fue exceso de cuidado.

Yo no quería que sangraras de placer.

Quería que dejaras de sangrar por dentro.

Y eso, alma mía, no se hace arrancando la ropa, sino quedándose.

Y es que hay una raja en ti que, si una no mira con atención, parece otra cosa. Algo erótico, incluso, ¿sabes? Algo que invita a acercarse con la boca y pocas preguntas. Algo que el mundo leería deprisa, con esa torpeza tan natural de quien solo entiende de superficies. Una raja empapada de muchas emociones a la que los besos le quedarían de lujo.

Yo también la vi al principio así. No te voy a mentir.

La vi y pensé en labios, en humedad, en el gesto exacto de quien se inclina sin pedir permiso. Pensé en besarte ahí donde parece que todo empieza hasta que acabaras dentro de mis caricias.

Pero no era ahí.

No tardé en darme cuenta de que esa raja no estaba donde el deseo suele pedir el pan para el almuerzo. Estaba más arriba. Mucho más adentro. En ese sitio donde se te partió algo cuando alguien se fue sin cerrar la puerta o se quedó haciendo ruido innecesario. De hecho, esa raja nunca podrá ser tangible porque, de lograrlo, morirías por el camino.

Y yo no quiero que te mueras todavía.

Tu raja no sangra hacia fuera. Sangra hacia dentro. Por eso no la ve casi nadie.

La descubrí en tus silencios raros, en cómo te ríes justo antes de esquivar una caricia, en esa manera tuya de ofrecer el cuerpo mientras escondes el corazón como si fuera un objeto frágil sin seguro de vida. La raja está ahí: vertical, limpia, aprendiendo a cerrarse mientras intenta entender por qué nació. No duele todo el tiempo, pero cuando duele, duele hondo. Por eso yo no quiero hacer lo que otros harían.

No quiero abrirla más.

No quiero meter prisa.

No quiero confundir deseo con descuido.

Yo quiero besarla como quien sabe coser.

Quiero apoyar los labios con cuidado, sin invadir, sin hurgar, sin usarla para calmar mis ganas. Que cada beso sea un punto pequeño, casi invisible. Que no luzca. Que no presuma. Que sujete. Que te haga sentir mejor. Que te haga sentir querida.

Un beso aquí para decirte que no pasa nada y, si pasa, se le saluda.

Otro allí para quedarme cuando te den ganas de huir.

Otro más largo para que entiendas que no todo lo que se te acerca viene a romperte.

Si alguna vez notas que mis besos se detienen donde otros acelerarían, no es falta de hambre. Es respeto por esa raja que te dejaron cuando te quisieron mal. Es saber que no todo lo que parece erótico pide sexo; a veces pide cuidado, paciencia y alguien que no tenga prisa por ganar nada.

Yo no quiero que te abras más.

Quiero que cierres.

Y si para eso tengo que besar despacio, quedarme más tiempo y no pedir nada a cambio, lo haré. Porque hay heridas que no se curan con manos expertas, sino con bocas que saben cuándo parar.

Y yo, contigo, sé exactamente dónde.

© Sara Levesque