La prioridad del desamor
Podía haber escogido otra palabra. Crueldad o deshumanización o desafecto o aborrecimiento. Hay tantas. Pero es en las distintas acepciones del término desamor donde encuentro el mejor modo de explicar este momento. El diccionario habla de falta de amor o de amistad, también de falta de sentimiento y de afecto que inspiran ciertas situaciones y, por último, aparece la enemistad o el aborrecimiento. Desamor es perder la estima que te producía una persona. Es caer en la indiferencia. Es sentir aversión, odio. ¿Cuánto tiempo, cuántas palabras, cuántas decepciones, malentendidos o mentiras hacen falta para que se degrade una relación? ¿Y miedo? ¿Cuánto temor se necesita para despertar el odio?
Han bastado unos pocos días para que la ‘prioridad nacional’ se haya introducido en nuestra retórica. Dos palabras que suponen un quiebro de la igualdad democrática, la verbalización de una jerarquía ciudadana basada en la inferioridad y la ajenidad del ‘otro’. No hay argumentos económicos veraces que sustenten esa ‘prioridad’, pero la premisa abre un sinfín de interrogantes. Cuando se aplaude a los “patriotas” que corean “musulmán el que no bote” y se recrimina a los “sinvergüenzas” que cantan “español el que no bote”, me pregunto si ese ‘españoles primero’ también tiene graduaciones. ¿Incluye a quienes rechazan cierta idea de España? ¿Cuántos más pueden llegar a ser desheredados?
La irresponsabilidad de la ‘prioridad nacional’ ha necesitado años de embrutecimiento moral. Se empezó denigrando la tolerancia tachándola de “buenismo” y se ha llegado a descalificar a la Conferencia Episcopal cuando aboga por la “dignidad humana” y el “bien común”: “Hay un criterio que rige a todos los que somos seguidores de Jesús, es el amor al prójimo. Y el prójimo no es sólo el que es de mi partido, no es el que es de mi país, no es el que es de mi lengua, ni siquiera es el que es de mi religión”.
Cualquier argumento humanista o, simplemente, que defienda la bondad es denostado. Se denigra a las personas que la reivindican, sugiriendo intereses espurios. Se presentan los recortes a las entidades sociales como un logro. Los insultos, como un modo legítimo de expresión. Se deshumaniza a la inmigración recurriendo a bulos y caricaturas. Y se criminaliza a los menores extranjeros para apuntalar la esencia dañina del musulmán, como si su genética viniera tarada de serie. Sabemos qué ocurre cuando una sociedad desciende hasta los sótanos del desamor. También sabemos que existen otros caminos. Solo hay que desbrozarlos.