Habla ahora o calla para siempre
La vida política se divide entre los que hablan y los que callan. En plena antesala electoral, la gran duda de los estrategas es qué cotiza más al alza, si la verborrea o el silencio. Hablar o no hablar, esa es la cuestión. Tradicionalmente, la izquierda siempre ha sido más de hablar y la derecha de callar. De hablar es Pedro Sánchez, menos cuando se trata de las fragatas de Marruecos. Es de hablar y de gritar su amor por Begoña a los cuatro vientos, precisamente cuando los vientos que soplan sólo buscan desestabilizar el barco y no me refiero a las fragatas, sino al suyo propio.
De hablar también son las izquierdas a la izquierda del PSOE. Ellos más bien han padecido una bulimia verbal. Su verborrea mediática los lleva a airear sus líos y negociaciones ante la ciudadanía, que contempla sus vergüenzas, intereses y egos en el tendal, a la vista de todos, como en una fachada napolitana. No seamos ilusos, todos los partidos tienen trapos sucios, pero no todos los sacan a la calle para que se sequen ante el votante. Pablo Iglesias también fue de hablar y mucho, más bien de predicar, pero no con el ejemplo. Con un tono casi anestesiante convenció a las bases hasta que el peso de la realidad le obligó a callarse, aunque el predicador siempre termine volviendo al atril.
Luego están las derechas, que prefieren callar o, más bien, que se callen. Mejor que nadie hable de privatización de pensiones, de bajas laborales, prioridad nacional ni sacrificios. Y más allá está la ultraderecha. Por una vez, mantienen los labios sellados con lacre, el mismo de los sobres con votos que dicen estar amañados. Escondiéndose de Milei y mudos ante los debates estructurales pero alimentando el ruido de fondo. Para hablar también hay que tener propuestas y de eso andan bastante escasos.
En medio del ruido ajeno, mantenerse en silencio dota de una falsa prudencia que cotiza muy bien en las encuestas. Así están, a la chita callando, rascando votos mientras los demás se desgastan en su propia sobreexposición. En la estrategia preelectoral, ¿qué es mejor? El silencio en campaña funciona como un imán para el votante descontento, permite que cada uno proyecte en el candidato callado lo que quiere escuchar, pero el cálculo es arriesgado, porque quien calla, otorga. Y ahora, cuando el agua les llega al cuello y todos se ven obligados a hablar de la vivienda, el silencio ya no es una opción, sino rendición. En campaña, la palabra expone, pero el mutismo absoluto termina por confesar el vacío.