Calentar la silla

Calentar la silla

En un intento desesperado por que la pandemia y su confinamiento mostraran al menos alguna faceta amable, nos dijeron que el mundo, que nosotros cambiaríamos a mejor. Que aquella experiencia, el encierro, el miedo, toda la aterradora conciencia de nuestra fragilidad, reorganizaría nuestras prioridades. Trabajaríamos mejor, viviríamos más despacio, por fin entenderíamos el valor del tiempo. Durante unos meses lo creímos. El teletrabajo, aquella solución improvisada, parecía una enmienda a la totalidad de un sistema que nos exprimía sin piedad.

Cinco años después, seis años después, las empresas llaman a filas. Vuelta a la oficina, al control, a la extraña cultura corporativa, un discurso que apenas esconde la desconfianza. La necesidad de ver para creer, la convicción de que el tiempo ajeno es propio.

Lo atroz no es tanto que el teletrabajo retroceda como la falta de resistencia real. Aquel paréntesis fue una ilusión colectiva, una concesión momentánea a lo excepcional de los tiempos. Muy posiblemente el problema no sea organizativo, sino cultural. Seguimos en el país en el que estamos. No podemos gestionar la autonomía si no confiamos en ella. No se ha erradicado la confusión de la presencia con el compromiso. Para colmo, muchos trabajadores no saben qué hacer con ese tiempo liberado. Un porcentaje importante de hombres han descubierto lo ingrato de los cuidados y que el tiempo propio exige la incómoda responsabilidad sobre la propia vida.

El teletrabajo, aquella solución improvisada, parecía una enmienda a la totalidad de un sistema que nos exprimía sin piedad

Mientras tanto, perdura el cansancio, la ansiedad difusa, la sensación de haber atravesado algo que no se ha cerrado del todo y que ha servido de base para otras amenazas; alertan los médicos, que son a su vez quienes los recetan, que todo esto lleva cada vez a más personas al recurso fácil y frecuente de los ansiolíticos para un ritmo que vuelve a ser el de antes, pero con menos energía que antes. Trabajamos como antes, pero no somos los mismos. No, no cambiamos el mundo. Apenas interrumpimos su latido.