Agotados por vacaciones

Agotados por vacaciones

Nos hemos puesto las chanclas, hemos cogido la toalla y hemos emprendido camino hacia las vacaciones. Porque no podemos más. Intuimos que la vida se estira rompiendo con la rutina y decimos escapar allá donde aparece esa brisa que te da una tregua. Pero sentimos que tampoco logramos descansar en los lugares asociados a los aires de calma. Y seguimos escuchando en nuestro alrededor un persistente “estoy agotado”, a pesar de que estamos chapoteando a la orilla del mar.

Nuestra relación más fiel nos anima a este estado de fatiga constante: el teléfono móvil. Que no soltamos ni entre las sábanas. Hallarse exhaustos es normal si hasta cuando se presupone que estamos desconectando deambulamos conectados.

Los algoritmos están diseñados para hacernos hiperdependientes de las aplicaciones. Hemos naturalizado que perderse unos simples segundos acarrea quedarse atrás de la sociedad. Incluso defraudar expectativas. De otros, claro. El propio diseño de los veraneos requiere un exhaustivo plan de acción de viajes y planes para decirte a ti mismo que estás exprimiendo la vida. Nos hemos tomado demasiado al pie de la letra el eslogan de “vivir es urgente”. Cuidado, pues la prisa por sumar vivencias suele devorar la serenidad que permite poder vivirlas. Incluso poder percatarse de lo extraordinario de lo cotidiano.

Pero la felicidad se confunde con productividad. El lenguaje también evidencia cómo hemos naturalizado lo peor de la sociedad de consumo: terminamos hablando de nosotros mismos como si fuéramos un producto: “estoy construyendo mi mejor versión”, “estoy en mi prime”. ¿Acaso somos el nuevo modelo del iPhone?

La competitividad por rendir está en el centro de todo. Todo el rato. No solo en lo laboral. Hasta nuestro tiempo libre suena ya a poco libre: hay que ser fructífero. Y que se vea. Porque nos gustamos a nosotros mismos si sentimos que gustamos a los demás. Si les damos un poco de envidia, mejor. Situación que favorece un cansancio mental: no dejamos de fabricar, cuando trabajamos y cuando estamos en casa, en la playa o en la piscina. Ahí estamos, dándole al smartphone. Midiéndonos con el resto del mundo.

Las apps nos ponen a trabajar para ellas mientras pensamos que solo estamos comunicándonos. Pero estar enchufado a las pantallas no es sinónimo de estar comunicados. La comunicación requiere sus silencios, sus pausas, sus complicidades. O, de lo contrario, la comunicación se transforma en un ruido ambiente que primero nos impacta, luego nos consume. Así celebramos la ansiedad disfrazada de “estar viviendo intensamente”. Así estamos agotados en vez de serenos. Así los dueños de los algoritmos nos están diseñando a su medida: somos su producto y, a la vez, somos quienes suministramos su contenido. Y se lo regalamos, tal y como esperan de nosotros: Y se lo regalamos, tal y como esperan de nosotros: aturullados, absortos, enganchados, agotados.