Ni los inquilinos son tan buenos ni los caseros tan malos
En 2006 tenía un sueldo de mil euros y me emancipé alquilando una habitación por casi quinientos. Por menos no encontré nada aceptable, aunque resultó que tenía más humedades que el Titanic. Me ascendieron y me mudé a un estudio de 800 con media bañera. Una entera no cabía. Me subieron el alquiler, pero mi sueldo no, así que me tuve que ir a otro piso. Con bañera completa. Y también extractor de restaurante hindú en el tendedero. Al mudarme perdí los 3 meses de fianza y encima me fui a otra casa de la que me acabaron echando para convertirla en piso turístico.
Conste que también me tocaron caseros majos, pero uno de mis días más felices fue el que al fin pasé a estar hipotecado. A los 40 y porque sumé sueldo con mi mujer. Entiendo a los de la acampada en Sol, pero esto va más de ser joven que de otra cosa. Siete de cada diez hogares son de propietarios con 46 años de media. A esa edad todo se medio coloca y si no algo de responsabilidad tienes. Además, los de las protestas se olvidan de que hay inquilinos cafres que destrozan casas y jetas que dejan de pagar y no hay manera de echar. Y se equivocan al culpar de todos los males a los fondos buitre y rentistas con cincuenta pisos. Mis caseros eran gente normal que se dejó llevar por un sistema que permite que la hipoteca te la pague un pringado al que no le llega para la entrada del piso. El pequeño propietario que se compró una segunda casa por dos duros en los 90 que hoy alquila a precio de villa también es culpable de la situación de la vivienda que cierra puertas, más que a las Maricarmen, a los chavales.
Aunque ni los ricos son tan malos ni los currantes tan buenos como creen en Sol. Por mis casas pasaron fontaneros, electricistas y cerrajeros, y todos me daban el precio con o sin factura. La picaresca española no entiende de clases. El problema de la vivienda no es un cuento maniqueo, sino estructural. Los alquileres tienen que bajar, pero sobre todo tienen que subir los sueldos. Y que los pisos antes los llenaban matrimonios con hijos y abuela, a lo Cuéntame, pero ahora la gente quiere vivir sola con su perro. No les culpo, yo vivía con un gato, pero los años me han enseñado que la vida es más fácil montarla entre dos. Tampoco es práctico culpar a los pisos turísticos en un país que vive del turismo ni ignorar la conversación incómoda de que desde 2018 la población residente nacida en el extranjero ha aumentado en torno a cuatro millones. Las casas no aparecen por generación espontánea.
No sé si la solución es construir más, frenar los precios, a los okupas o hacernos todos suizos. Lo que sé es que, 20 años después, siguen timando a chavales que quieren empezar la vida con habitaciones con humedades. Y que esta generación ya ni protesta por no poder comprar, se conforma con llegar a vivir de alquiler. Eso es un fracaso social, pero sobre todo político. Y esa hipoteca se tiene que pagar en las urnas.