La aventura mexicana de Penelope Fitzgerald como cazaherencias
Aún faltaba más de un cuarto de siglo para que Penelope Fitzgerald (1916-2000) arrancara su carrera como escritora a los 58 años, y se convirtiera en una de las autoras británicas más reverenciadas y queridas, un clásico de la literatura del siglo XX. En 1952 Fitzgerald mediaba la treintena, estaba en los primeros meses de su tercer embarazo, codirigía con su esposo Desmond, a quien había conocido en la Universidad de Oxford antes de la guerra, la revista literaria World Review, donde publicaban textos de J. D. Salinger, Norman Mailer o Alberto Moravia, y trataba de sacar adelante a dos hijos pequeños, mientras navegaba el alcoholismo de su pareja, que ya había perdido la licencia como abogado. Fue entonces cuando emprendió un viaje propio de una novela junto a su hijo Valpy, de cinco años, a Saltillo (México), alentada por la carta de unas supuestas parientes irlandesas, a quienes ella no conocía, y que le comunicaban que buscaban heredero para su fortuna y pensaban que su vástago era un posible candidato.