El momento más trágico del tren
Volvemos a llorar por las vidas rotas en las vías del tren. Con el accidente de Adamuz sin aclarar (ni ser olvidado), España afronta otra tragedia que deja, al cierre de esta edición, 68 personas fallecidas y 80 heridas en la misma vía del anterior siniestro, a raíz de la brutal embestida de un AVE a un Iryo parado a la altura de la localidad de Urda, en Toledo.
Con España conmocionada mientras los equipos de rescate intentaban desesperadamente salvar vidas, el ministro Óscar Puente, responsable de los trenes, compareció ante los medios y no despejó ni una de las dudas suscitadas, ni dio un motivo para rebajar la indignación que acompaña al llanto. Al contrario, señaló directamente a los operarios del centro de control de Atocha, lo que ha causado estupor entre unos trabajadores que han denunciado la falta de personal y una polémica política de contrataciones.
Con la herida abierta de Adamuz, donde hubo 46 víctimas, el ministro zanjó –demasiado deprisa– cualquier responsabilidad y calificó de inverosímil el accidente. Por desgracia, el siniestro es una espantosa realidad e inverosímil es que Óscar Puente, ni nadie en su ministerio, haya asumido ninguna responsabilidad después de la cadena de fallos que destapó el accidente ocurrido en Córdoba. A raíz de este siniestro, que se produjo hace menos de un año, la Guardia Civil afloró en sus informes una cadena de presuntas negligencias, tanto en la infraestructura como en el mantenimiento de las vías. La insistencia del ministro Puente –que llegó al cargo tras la caída de José Luis Ábalos, en prisión con una condena de 24 años– en proclamar que el tren vivía en España el mejor momento de su historia se topó de bruces con una realidad dramática.
La joya de la corona de las infraestructuras españolas no era tal. Los usuarios del AVE nos enteramos de que estábamos circulando a 300 kilómetros por hora por vías que requerían una revisión urgente... en mil puntos. Los pasajeros se habían disparado y habían entrado nuevos operadores pero la inversión no estaba en consonancia. Tras la llegada de la competencia, las líneas por las que circulan los trenes vieron multiplicado el número de convoyes al día. El sistema ha perdido competitividad y algo irreparable: seguridad.
Produce escalofríos pensar que el ministro había anunciado, poco antes de Adamuz, que se planteaba poner los trenes a 350 kilómetros por hora. En lugar de eso, la velocidad cayó, como los viajeros y los ingresos. Por cierto, también cayeron las explicaciones y las devoluciones por retrasos. España está de luto de nuevo por la tragedia, y es urgente y obligado que haya responsabilidades políticas. Y que se hable de lo que necesita el país para funcionar: gestión y eficacia. La memoria de las víctimas obliga a cambiar la frivolidad por el respeto, por la seriedad y la verdad.