Viajar en tren

Viajar en tren

Para todas las personas que cabalgan entre dos siglos, el XX y el XXI, con más trancos en el anterior, por ahora, el tren ha sido el medio de transporte casi único con el que nacieron. En nuestro país, con más retraso, se pasó de unos trenes del XIX al futuro de la alta velocidad. De lo convencional tranquilo a lo apresurado tecnológico y convulso. Es un decir. Por el camino de hierro se quedaron rutas y destinos, las prioridades mandan y no todos están llamados al presente futuro. Lo estamos pagando y parece que tiene difícil enmienda.

De todas formas, el tren sigue siendo una manera de moverse cercana, y, con independencia de sus velocidades, todavía se disfruta del paisaje, y del paisanaje. Ya no quedan gentes con los huevos duros, la bebida caliente en el termo, hay otras formas de vituallas, y siempre está el recurso de pasar, y pagar mucho, por las asépticas cafeterías que nada tienen que ver con los vagones restaurantes y las cantinas de antaño.

Tampoco las estaciones son iguales: la historia de ellas, su evolución y configuración estética, acompañan a la sociología de hombres, mujeres y niños de los pueblos de España. Este va a ser un año de trenes por toda Europa. La apuesta es inequívoca. Quizás por eso el transporte ferroviario de personas ha dejado de ser solo un servicio público y se ha convertido en un negocio que el mercado todavía no entiende muy bien.

En nuestro país, se pasó de lo convencional tranquilo a lo apresurado tecnológico y convulso

Con el tren podemos escapar de la realidad circundante y apremiante, pues al final de eso se trata. Desde el tren podemos no tratar ni de Groenlandia, allá no hay trenes, creo, e incluso imaginar la belleza de un ritmo con máquina de vapor entre túneles y pendientes, a pesar del hollín. Vivamos desde el tren en medio de la convulsión, siempre nos esperará un apeadero, una estación de paso o un término que nos acoja.