Noventa años después: quiero llorar por Lorca
Hace un par de años visité la casa de Valderrubio (Granada), donde Federico García Lorca vivió con su familia entre 1906 y 1909, y a la que regresó cada verano de su infancia y juventud hasta 1926. Como ocurre en muchas casas-museo de escritores, el espacio convida al visitante a acercarse a una intimidad preservada. Las habitaciones simulan resistirse al paso del tiempo. Las camas, como en cualquier museo, parecen demasiado pequeñas para cobijar a sus antiguos dueños. Los objetos se presentan como testigos silenciosos de una vida que la historia convirtió en mito. Hay algo profundamente conmovedor en esa voluntad de conservación: el deseo de acercarnos a la persona que fue Lorca. Noventa años después de su asesinato, resulta imposible entrar en una de sus casas sin experimentar una extraña contradicción. Todo parece dispuesto para favorecer el encuentro: los muebles, los objetos cotidianos, los espacios donde transcurrió la vida doméstica. Sin embargo, cuanto más se multiplican los signos de la presencia, más evidente se vuelve la ausencia.