Las vacaciones y la gente que nunca está donde le gustaría estar

Las vacaciones y la gente que nunca está donde le gustaría estar

El helado derritiéndose comparte protagonismo con el móvil en estas vacaciones. Nos sentamos en terrazas con el mar enfrente y la pantalla delante. Y nos ponemos a pensar en conciertos a los que no pudimos ir, cuerpos que nunca tendremos, lugares que jamás visitaremos e incluso edades a las que es imposible volver. Es la melancolía digital. Que nos atrapa, que no nos suelta, que crea adicción. Nos hace sentir conectados hasta cuando nos excita la soledad de ir quedándonos atrás. "FOMO", lo llaman: Fear of Missing Out, miedo a perderse algo.

La hiperconexión de las redes sociales nos ha traído el chute de ansiedad por no estar en los sitios que otros publican. O, directamente, por no ser aquello que dicen otros haber conseguido ser. Lo que nos arrastra a una dificultad creciente para discernir qué hacemos porque nos apetece y qué hacemos para que se vea que lo hemos hecho.

Así se explica mejor cierta ristra de personas con la cara iluminada entre el público de la gira de Rosalía. Algunas casi tenían más lux en su rostro que la propia cantante en el escenario. Porque disfrutar el concierto es menos importante que grabar tu jeta reaccionando a La Perla. Para que el planeta sepa que estás allí. Aunque el flash, apuntando fuerte a tus ojos, te impida contemplar realmente la expresividad de Rosalía. Qué más da, la experiencia es tu selfie. Dar envidia, y conquistar muchos likes.

Los egos ultraestimulados por la viralidad propician que incluso personas con doscientos míseros seguidores terminen hablando a sus amigos cual followers. Replicamos a las Dulceidas para apreciarnos triunfadores. O cumplimos las expectativas que nos insisten desde Instagram o TikTok. O estamos frustrados, inmersos en el hipnótico bucle sin fin de vídeos rápidos que vamos pasando con el dedito y que siempre animan otro plan más que desear.

Ya no nos conformamos con imaginar cómo es la vida del vecino de tumbona, debemos ser productivos en vacaciones. Y que se vea. Y que el ritmo no pare. El problema: es imposible estar todo el rato con el yo en el centro de la moda del día e, inevitablemente, acabamos echando de menos cosas que jamás hemos vivido pero que nos invita a vivir una pantalla. Y, mientras tanto, en la mesa, nuestro helado de vainilla y chocolate se ha quedado desparramado. Un sabor perdido, como avisándonos por qué descansar es sinónimo de desconectar. Será que para conseguirlo no queda más remedio que apagar el teléfono. Fíjense: cuando uno es auténticamente feliz no necesita nada que publicar. Incluso acaba olvidándose por completo del smartphone, nuestra relación más fiel.