Antes rota que arrepentida
No voy a fingir que no lo sé.
Sé que me miras como si el mundo fuera una habitación pequeña y yo el único mueble que no te atreves a tocar del todo. Sé que bajas la voz cuando hablas conmigo, como si el aire pudiera delatarnos, y así me obligas a acercarme a tu voz para escucharte mejor. Sé que juegas a no querer lo que ya estás sosteniendo entre los dientes.
¡Pero es que lo estás mordiendo!
No diré tu nombre. No hace falta. Tiene algo de reina sin reino, de promesa con cláusulas en letra diminuta. Tiene esa consonante vesánica y afilada al principio, como si avisara «cuidado, que corto». El mío tiene una más sibilina, serpenteante… Venenosa también, si yo quiero.
Me dijiste que no me enamorara.
Y yo asentí con esa sonrisa que uso cuando sé que voy a hacer exactamente lo contrario. Además, tuve el cuajo de sonreírte sin responder mirándote a los ojos, y tú ya sabías que me había caído de boca dentro de tu corazón. La sangre que le rodea es la de mi herida. Por cierto, gracias por dejarme entrar.
Antes rota que arrepentida.
Si tengo que caer, caeré. Pero no por ingenua. No por no haber visto las señales. No por creer que detrás de tus advertencias hay un poema esperando. Caeré sabiendo que tú pones barreras mientras me rozas como si probaras el filo de un cuchillo nuevo.
No me pidas prudencia cuando tú eres incendio con seguro a todo riesgo.
Me dices que no me enamore como si el amor fuera un interruptor. Como si yo fuera a mi casa, me sirviera una copa barata y dijera: «Bueno, hoy no. Hoy no activo los sentimientos». Qué tierno tu concepto administrativo del deseo. No sé si me gusta.
Te atraigo. Lo noto en cómo respiras medio segundo más lento cuando me acerco. Lo noto en ese gesto tuyo de apartarte primero para no ser la que se queda. Lo noto cuando me sostienes la mirada medio segundo más del que toca, cuando me miras y me ves, cuando te metes conmigo para ver cuándo salto o cuando se te acaba el público y me pasas el temblor para que no tengas que cargar con él.
Y aun así no me eliges del todo.
No me eliges, pero tampoco me sueltas. Te quedas en esa frontera elegante donde puedes decir que avisaste si algo se rompe. Donde puedes irte limpia porque ya me lo habías advertido. Donde no eres la villana, solo la mujer «que no estaba preparada» y lo recalcó con el camino más largo.
Y yo, que me enamoro de edificios en obra, de ruinas, de cascotes y de todo tipo de rajas y grietas, me paseo entre tus andamios como si no hubiera riesgo de derrumbe.
Antes rota que arrepentida, sí.
Pero no confundas eso con estar dispuesta a arrastrarme. Si me rompo será por decisión propia, no por migajas tuyas estratégicamente colocadas simulando un camino a ninguna parte. Siempre he sido de comer poco, pero recuerda que nunca suelo tener hambre.
No quiero que me prometas nada. Quiero que, si vienes, vengas sin manual de evacuación. Quiero que, si me miras así, no me pidas después que mida el pulso, porque soy escritora; ni podré, ni sabré ni querré hacerlo. Quiero que, si te asusta lo que sientes, lo digas sin convertirlo en una advertencia con la estética de un cine francés cuando más te convenga porque yo no soy tu ensayo general de lo que sea que te esté esperando.
Si me rompo, me reconstruyo. Ya lo he hecho. No soy porcelana, soy cicatriz. Y además soy una cicatriz rara, porque no me duele lo que pasa, sino lo que no pasa. Me dijiste «no te enamores» mientras me mirabas como si quisieras que lo hiciera, como si lo estuvieras deseando.
Pero tú… tú corres el riesgo de convertirte en esa historia que casi fue y que, por miedo o lo que sea, se quedó en una anécdota con forma de charco. Y te aseguro algo peor que mi corazón roto: no hay nada más mediocre que vivir siempre a medio centímetro de lo que realmente deseas.
Así que aquí estoy. No te prometo prudencia. No te prometo distancia. No te prometo que no me enamore. Te prometo honestidad y mi torpeza natural. Y si un día decides quedarte, que no sea porque te perseguí. Que sea porque entendiste que hay cosas que no se advierten, sino que se sostienen. Yo pruebo el cuchillo antes de clavarlo.
Así que antes rota que arrepentida.
¿Por qué yo me lanzo al vacío? Porque tú llevas años viviendo en él. Y si no te atreves, no me vuelvas a pedir con tus parpadeos que me quede esperando en el umbral de tu miedo.
© Sara Levesque