Todo y nada
Tengo el pico fácil. No sé si es un defecto o una herramienta de la caja de arreglar la vida, pero ahí está, siempre a mano.
No me provoques demasiado, que pico. A veces, sin querer; a veces, con toda la intención del mundo. Pico como quien tantea, como quien no sabe si entrar o quedarse en la puerta mirando. Pero no te confíes. Parece pequeño, parece inofensivo, pero el pico es rápido, traicionero y tiene esa manía de aparecer justo cuando todo está demasiado tranquilo. Le aburre la paz, ¡qué le vamos a hacer!
A veces, es un roce casi educado, como si quisiera comportarse. Pero no. Yo no me hago responsable del todo. El pico tiene personalidad propia, yo solo lo llevo encima. Además, tiene una cosa, cuanto menos, curiosa: le gusta el riesgo. Le gusta acercarse más de la cuenta, medir mal las distancias, equivocarse a propósito. Y tú… Tú tienes pinta de no apartarte a tiempo. De que también te atrae un poco el lío, no nos engañemos.
Así que vamos bien. Mal, pero bien.
Esto no va de hacer lo correcto. Va de ver quién pica primero y quién se queda medio segundo más sin disimular. Y ahí es donde se complica. Porque si pico, te beso. Pero no con un beso bien pensado, no. Con un beso de los de impulso, de los que se escapan, de los que luego una repasa mentalmente como si hubiera cometido un pequeño delito que, en el fondo, repetiría besándote profundo, sonriendo bajito, latiendo cerca.
Y luego están tus cicatrices. Las de piel y las de latir. Tus cicatrices… no sé, tienen algo que engancha. Son como caminos que te han abierto sin avisar y que ahora están ahí, quietos, esperando a que alguien los mire sin hacer preguntas. Yo quiero ser ese alguien. No me parecen tristes. Me parecen útiles.
He visto tus cicatrices. No las has escondido demasiado; tampoco hacía falta. Tienen algo de mapa mal doblado, de sitio al que no sé si quiero ir, pero igual acabo yendo. Y oye, no están mal. No son bonitas como una postal vintage de París, son mejores: porque tienen sentido, aunque no lo expliques. La cicatriz que más me gusta es la que guarda el hogar de los picos que quiero darte cuando sonrías.
Podría decirte claramente lo que siento. Cómo lo siento. Cuánto lo siento. Desde cuándo lo siento... Yo no lo siento, ya te siento. Pero si prestas atención a mi mirada, no hace falta ninguna palabra. Porque eres mi nada. ¿Sabes cuando la gente me pregunta «¿en qué estás pensado?» y yo respondo con una sonrisa bobalicona «en nada»?
Mi nada eres tú. Pero no porque seas algo banal, sino todo lo contrario. Estás llena de todo. Así que no te voy a revelar que me encantas. No todavía. Pero me quedo cerca siendo yo misma, que viene a ser lo mismo cuando una ya no está para grandes declaraciones.
Solo recuerda que, si te acercas demasiado, igual pico.
Y ya sabemos cómo acaba eso.
© Sara Levesque