El perropardo

El perropardo

Es un clásico comentario del que no nos libramos en estos tiempos largamente protagonizados por las Leire Díez, los Cerdán, los Zarrías, los Villarejo, los Ábalos, los Koldos… O sea, por toda esa tropa que de manera recurrente va aflorando una y otra vez en los informes de la UCO y últimamente en el sumario del juez Pedraz: ¿cómo es posible que personajes que parecen salidos de la España más colorista y profunda; de las películas de Torrente o de Los tramposos de Lazaga, aquella impagable comedia que tenía como figura estelar al gran Tony Leblanc, puedan haber recorrido con tal impunidad los pasillos y pisado las alfombras del poder?

De acuerdo, la pregunta es inevitable. Pero confieso que me inspira toda la desconfianza del mundo cuando quien la formula lo hace desde un pretendido estatus económico y social, o sea, en nombre de una supuesta casta que aún a día de hoy entiende la política no ya como una colocación de amigos y parientes, que también, sino de gentes de ‘buena familia’ que solo por eso, por pertenecer a una dudosa clase, vivir en ciertos barrios, moverse en unos círculos concretos o haberse educado en determinados colegios, ya creen que tienen derecho a tener un puesto asegurado en un partido político o en las instituciones del Estado.

Me inspira desconfianza y rechazo esa actitud porque es precisamente en ella en la que reside una buena parte del origen y de la causa de los horrores que estamos viviendo y que quizá debemos empezar a interpretar como una consecuencia, una reacción, una revancha contra esa rancia actitud.

¿Y si Pedro Sánchez no nos deja ver el bosque sociológico que hay detrás del actual fenómeno político? ¿Y si debemos ir más lejos del espanto que nos producen esos seres atrabiliarios que hoy pueblan las portadas de la prensa y que encarnan una resurrección en toda regla de la picaresca de nuestro Barroco? ¿Y si estuviéramos ante un versión cutre de la célebre novela de Lampedusa, en la que nadie se parece ni de lejos al exquisito y decadente Príncipe de Salina, pero donde hay, sin embargo, un verdadero ‘overbooking’ de dobles de don Calogero, el alcalde zafio que aprovechaba el caos de la Revolución garibaldina para sus negocios turbios? Dicho de otra manera, ¿y si no estuviéramos hoy en la Sicilia de El gatopardo sino en la España de ‘El perropardo?

¿Y si hubiera una derecha que no desea hacer frente al lumpen de don Calogero sino casar con la hija de éste a su sobrino y que traga con el cambio para que todo siga igual?