Si estás leyendo estas líneas…
Si estás leyendo estas líneas, perteneces –si me permites tutearte- al club de los letraheridos, los ‘lletraferits’, aquellos que no temen aventurarse en textos de más de 280 caracteres, usuarios de una biblioteca infinita y compartida. Cuando esté terminado, este artículo tendrá unos 3.400 caracteres, contando los espacios en blanco, y será una declaración de amor a la lectura. Así que ojalá consiga que llegues al final.
Si estamos reunidos en torno a estas líneas, es porque tuvimos la fortuna de que una maestra, un maestro nos enseñarán a leer, un derecho del que todavía están privadas muchas personas en el mundo, notablemente niñas, como las que tienen prohibida la escuela en Afganistán.
Para Mario Vargas Llosa, aprender a leer, a los cinco años, de la mano del hermano Justiniano, en la escuela boliviana de Cochabamba, fue la cosa más importante que le sucedió en su vida. Así lo recordó al recibir el Nobel en Estocolmo 2010. En el mismo escenario, en 1957, y en el momento de recibir su Nobel, Albert Camus pensó primero en su madre. Una mujer viuda de un trabajador agrícola muerto en el frente en la Primera Guerra Mundial, que crio al escritor trabajando como asistenta en Argel. Y pensó después en su maestro, Louis Germain, que le abrió el mundo del conocimiento. “Sin usted, sin esa mano afectuosa que tendió al niño pobre que yo era, sin sus enseñanzas y su ejemplo, nada de todo esto habría sucedido”.
Las cartas de Camus a su maestro, editadas por el enamorado de los libros que es Jordi Nadal en Plataforma Editorial, son un buen regalo en este Día de la lectura, de las letras.
La escritora Irene Vallejo, reconocida en todo el mundo y traducida a más de cincuenta idiomas por ‘El infinito en un junco’, el ensayo sobre la historia de los libros, publicó en 2020 ‘Manifiesto por la Lectura’, un maravilloso texto en el que da voz a la Federación de Gremios de Editores de España para reclamar un pacto por la lectura y por el libro. “El hábito de leer, dice Irene, no nos hace necesariamente mejores personas, dice Irene, pero nos enseña a observar con el ojo de la mente la amplitud del mundo y la enorme variedad de situaciones y seres que lo pueblan. Nuestras ideas se vuelven más ágiles y nuestra imaginación, más iluminadora”.
Da lo mismo el género, la extensión, el tema… hasta el formato, aunque parece que los lectores suscribimos la opinión del sabio catedrático Guillermo Fatás cuando define el libro electrónico como “útil pero insípido e inodoro”: “A mí, defendía al pronunciar el pregón de la feria del libro antiguo de Zaragoza, me gusta tocarlo y olerlo”.
La celebración del 23 de Abril, Día del Libro, es un buen momento para recordar a Cervantes, el patrón de todos los lectores, la ocasión para paladear el Quijote aunque sea con un párrafo o un capítulo; para cabalgar con Don Quijote en cualquiera de sus versiones, de sus aventuras, de sus frustraciones y sus esperanzas; con el idealismo de Alonso Quijano y el pragmatismo de Sancho Panza; con esa mezcla de farsa y tragedia que encandiló a Dostoyevski; con el alegato de la libertad y, en concreto, de la libertad de las mujeres; con un sentido del humor que no se acaba nunca y que nos salva de la derrota de los sueños.
Es el día ideal para celebrar, en palabras de Irene Vallejo, que “no puede desaparecer lo que nos salva”: “Los libros nos recuerdan que la salud de las palabras enraíza en las editoriales, en las librerías, en los círculos de lecturas compartidas, en las bibliotecas, en las escuelas. Es allí donde imaginamos el futuro que nos une”.