Una piedra en el camino
Comparecía el presidente del Gobierno ante el Pleno del Congreso para someterse a la sesión teóricamente semanal de control en la que debe responder a tres preguntas orales que le formulan los portavoces debe los grupos parlamentarios. Las sentencias de la Sala Segunda del Tribunal Supremo condenando a José Luis Ábalos a 24 años de prisión, a Koldo a 19 y a Aldama a 4, eximido este último de cumplirlos en agradecimiento a la colaboración prestada a la Fiscalía para el esclarecimiento de los hechos juzgados, había levantado alguna expectativa pero de carácter residual, habida cuenta de que ya nada conmueve porque en psicología a tenor de la ley de Weber-Fechner para que las sensaciones crezcan en progresión aritmética de razón 2 (1, 3, 5, 7,…) los estímulos han de hacerlo en progresión geométrica de esa misma razón (2, 4, 8, 16…). Es lo que sucede con la acomodación ocular que adapta la pupila al incremento de la intensidad lumínica a la que queda expuesta y la redime del deslumbramiento. En breve que, en el Congreso, la reiteración de noticias de los tribunales dando cuenta de condenas que afectan a elementos relevantes en el entorno de Moncloa (sede del Consejo de Ministros) y en el de Ferraz (sede nacional del Partido Socialista Obrero Español) han dejado de llamar la atención y se reciben como business as usual, sin que nadie levante las cejas.
Pedro Sánchez ya había tenido una reacción previa en la que procedió a quitar toda importancia a las condenas y pasó a calificarlas como una piedra en el camino, siguiendo la letra de la ranchera que dice "una piedra del camino me mostró que mi destino era rodar y rodar", además de coincidir con la enseñanza del arriero: "Que no hay que llegar primero pero hay que saber llegar".
Pero lo más insufrible de estas sesiones desnaturalizadas es que han dejado de servir para que la oposición ejerza la acción de control al Gobierno para invertir su sentido y han pasado a convertirse en un instrumento mediante el cual el Gobierno ejerce el control de la oposición.
La presidenta del Congreso, Francina Armengol, dispone de poderes reglamentarios que la facultan para "llamar al orden" a los diputados que lo transgredan o falten al decoro de la Cámara, asunto sobre el que deberíamos volver en alguna próxima ocasión, y también tiene autoridad para "llamar a la cuestión" a los oradores que, en el uso de la palabra desde la tribuna o desde su escaño, se entreguen a la exploración de los cerros de Úbeda, apartándose del asunto que hubiera originado su intervención y al que debieran circunscribirse. Imagine el lector cómo cambiarían estas sesiones con una aplicación del reglamento como la que aquí se propone.
Pero, de eso, nada. Y, para más inri, el presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo, lleva meses reiterando hasta la saciedad la infructuosa solicitud a Pedro Sánchez de que dimita o convoque elecciones generales sin variar una micra ese requerimiento, sin concesión alguna dejando algún margen a lo imprevisible, como tuve ocasión de sugerirle el martes 16 de junio en el hotel Ritz durante el encuentro fortuito que sostuvimos con ocasión de celebrarse un aniversario redondo del periódico El Confidencial.
Estábamos fuera en la terraza, alejados del epicentro del barullo y entonces, con máxima discreción, pude decirle que ensayara el desconcierto y que, en el siguiente cara a cara que tuviera con Sánchez, le advirtiera que, por su parte, en modo alguno le aceptaría que presentara la dimisión o que anticipara la convocatoria de elecciones, que le recordara cómo, a tenor de la Constitución, los diputados son elegidos para un mandato de cuatro años y que, por tanto, no respetar ese plazo equivaldría a buscar un falso atajo, lo mismo que sería inadmisible que se encaminara hacia la ingratitud destituyendo a estas alturas a ministros que se han dejado la piel por el bien común, como Fernando Grande-Marlaska, tratando como desecho de tienta a figuras de la fiesta nacional.
Escribe Alain Finkielkraut en el prólogo a su libro En primera persona que no se desentiende, mediante una declaración de identidad, de la cuestión que encierra todos los peligros: "¿Qué está pasando?". Y que nada le entristecería más que contribuir a hacer su respuesta inofensiva psicologizándola. "¡Poco importan, pues –añade–, mis historias, mis secretos, mis neurosis, mi carácter! La verdad que yo sigo buscando todavía y siempre es la verdad de lo real; la elucidación del ser y de los acontecimientos sigue siendo, a mis ojos, prioritaria". Al final coincide con Kierkegaard en que "pensar es una cosa, existir en lo que se piensa es otra".