La soledad no es moda
Hoy quiero reflexionar sobre el riesgo de convertir en moda aquello que forma parte esencial de la vida. Hablamos de la soledad como si acabáramos de descubrirla. La estudiamos, la etiquetamos y llenamos discursos con ella. Pero, de tanto asociarla a la expresión "no deseada", hemos extendido una sospecha sobre la palabra: parece que toda soledad fuera negativa y debiera corregirse.
Y no es así. Existe una soledad elegida, necesaria y fértil. La que permite pensar, descansar, conocerse o recuperar el aliento. El problema aparece cuando la soledad no se escoge, sino que se impone; cuando nace de la falta de apoyos, vínculos, accesibilidad u oportunidades para participar. Confundir ambas realidades empobrece el debate y puede llevarnos a intervenir sobre las personas, en lugar de transformar las condiciones que las aíslan.
Me preocupa la velocidad con la que una cuestión social se convierte en tendencia. Su interés sube como un suflé: ocupa titulares, congresos y campañas. Después empacha, se enfría y deja paso al siguiente asunto. Sin embargo, las situaciones vitales no siguen el calendario de la conversación pública. La mujer mayor que vive sola, la persona con discapacidad sin apoyos, el joven con problemas de salud mental o la cuidadora agotada continúan ahí cuando se apagan los focos.
Los problemas sociales no son faldas ni pantalones de temporada. No pueden depender del algoritmo, de una efeméride o de una palabra que ese año resulte atractiva. Necesitan continuidad, presupuesto, evaluación y compromiso. Sobre todo, requieren escuchar a quienes los viven, no solo convocarlos cuando encajan en el relato del momento.
Tal vez hemos convertido la vida en una tendencia: el bienestar, los cuidados, la inclusión, la salud mental o la vulnerabilidad aparecen y desaparecen del escaparate público con facilidad. Y deberíamos preguntarnos qué ocurre cuando la tendencia termina, pero la necesidad permanece. ¿Quién sostiene las redes? ¿Quién acompaña sin cámaras? ¿Quién garantiza que un derecho no caduque con el interés mediático?
No se trata de hablar menos de la soledad, sino de hablar mejor y actuar durante más tiempo. De distinguir entre el derecho a estar solo y el abandono; entre una experiencia íntima y una desigualdad social. Una sociedad madura no persigue tendencias: reconoce realidades, previene exclusiones y sostiene respuestas. Porque la vida de las personas no puede ponerse de moda. Y mucho menos pasar de moda.