En la nada

En la nada

Las leyes muestran una curiosa tendencia a llegar cuando el paisaje ya ha cambiado. Regulamos los carruajes mientras circulan los automóviles, y protegemos un oficio cuando hace tiempo que se ha transformado en otra cosa. Siempre legislamos sobre el mundo que acaba de desaparecer.

Este martes el Gobierno aprobaba el nuevo Estatuto del Artista, una reivindicación largamente esperada por buena parte del sector cultural. Era, más que necesario, imperioso. Pero dura poco la alegría en la casa del pobre: la inteligencia artificial, el fenómeno que está alterando con mayor rapidez la creación artística, no ocupa un lugar relevante en un texto que definirá el trabajo de los próximos años. Mucho movimiento de escenario mientras el decorado cambia a nuestras espaldas.

Por otro lado, la ausencia de los intereses de los escritores ya ni siquiera llama la atención. Ni estamos, ni se nos espera, ni nos preocupamos,. Ya lo harán las editoriales por nosotros, como hacen con casi todo. Cuando se habla de cultura aparecemos diluidos entre músicos, actores, bailarines o artistas visuales. Somos pocos, poco visibles y trabajamos solos. No llenamos estadios ni encabezamos festivales multitudinarios. Apenas hacemos ruido, salvo si nos dan un rival; entonces nuestro ego entrará a degüello en una polémica a sangre y tinta.

Somos mero humus. Mientras las inteligencias artificiales se han alimentado de millones de páginas escritas por autores de carne y hueso, los autores de los libros de donde roban sus conocimientos apenas pintamos nada en el debate sobre cómo proteger la creación futura.

Al mismo tiempo, otra transformación profunda, que no afecta únicamente a los creadores avanza sin oposición. Hace unos días cerca de diecisiete millones de personas siguieron la final del Mundial. La cifra llamó la atención por su excepcionalidad. Si durante décadas la televisión reunía a un país entero frente a una misma pantalla, hoy los algoritmos fabrican una programación personalizada. Cada pantalla es privada, cada conversación empieza desde referencias diferentes y las emociones colectivas se han convertido en una rareza.

La inteligencia artificial cambiará las profesiones artísticas, los contratos y las leyes, pero antes ya habrá cambiado nuestra experiencia compartida de la realidad. Cada lector recibe unas recomendaciones distintas, cada ciudadano consume noticias diferentes, cada usuario conversa con una máquina. La cultura debería enfrentarse a ese desafío, que excede la protección de quienes crean; cuando cada uno vive dentro de su propia versión del mundo, el problema ya no es quién escribe un libro.