Cómo atravesar el infierno de William S. Burroughs en el siglo XXI
El año es 1960. El lugar, el Empress Hotel de Londres, un tugurio o casa de huéspedes de escalofriante reputación situado junto al cementerio de Brompton, en pleno Earl’s Court. Las crónicas de la época y los allegados de William S. Burroughs, su más ilustre huésped, lo describen como una especie de búnker asfixiante. Burroughs, el más controvertido y críptico, el más salvaje y siniestramente libre de los escritores beat, se había instalado allí con la intención de completar una nueva novela. La palabra completar quizá parezca poco adecuada, pero en su caso tiene todo el sentido, porque el único objeto que destacaba en la habitación de Burroughs era su máquina de escribir portátil, siempre destapada sobre la mesa, donde pasaba horas recortando y reorganizando textos, completando su manuscrito. Era su famosa técnica cut-up, un collage narrativo más cercano al trance que a la narración.