Cómo juzgará el futuro la toxicidad que hemos naturalizado en las redes sociales

Cómo juzgará el futuro la toxicidad que hemos naturalizado en las redes sociales

Hubo un tiempo, no muy lejano, en el que fumar era un síntoma de distinción. Había médicos que incluso se lo aconsejaban a las embarazadas: "porque calma los nervios", decían. Qué osadía. Hubo un tiempo, más cercado de lo que aparenta, en el que la obesidad era una muestra de salud. Un niño “llenito” era un niño “robusto”. Hubo un tiempo, a la vuelta de la esquina, en el que ir al trabajo enfermo era un acto de responsabilidad. Aunque contagiaras a todos tus compañeros.

Dentro de cincuenta años, ¿qué pensarán de la manera en la que usamos las redes sociales hoy? Pinta a que se llevarán las manos a la cabeza al contemplar cómo regalamos toda nuestra información personal sin demasiado a cambio, cómo exhibimos nuestra vida ansiosa mientras creemos aparentar una vida excitante o cómo exponemos a nuestros niños. Hasta antes de nacer, descubriendo su sexo como si fuera el escaparate final de El Precio Justo.

Y fliparán con la naturalidad con la que permitimos que la irritación tome el control del lenguaje que utilizamos. Rozamos el histerismo en un Internet planteado para reducir nuestra capacidad de concentración. Los grandes oligarcas han invertido en el diseño de dinámicas de consumo listas para dejarnos distraídos. Así nos quedamos enredados en debates hacia ninguna parte, en conversaciones interminables con una IA experta en pelotearnos para traficar con nuestras dudas y en un scroll infinito de microvídeos hechos para invitarnos a ser replicantes de expectativas ajenas.

Dentro de cincuenta años, de hecho, habrá un boom de documentales sobre cómo las instituciones públicas se quedaron magnetizadas por las simpáticas empresas tecnológicas que comerciaban con los datos con una sonrisa. Compañías a las que prácticamente abrieron barra libre para actuar, dejando las plazas públicas virtuales en manos de intereses privados. Difícil resistirse, sus sedes parecían parques de atracciones. Con toboganes de colores y todo. Qué vanguardistas.

No esperemos tanto. No esperemos medio siglo. Empecemos ya mismo a plantearnos la insalubridad de los impulsos a los que nos empuja la viralidad en nuestra vida cotidiana. Que no nos caliente la cabeza, que no consiga que hagamos lo que criticamos en los otros. No demos el algoritmo la furia que busca despertarnos. Y que merma la conciencia crítica. No repitamos los patrones que TikTok e Instagram pretenden con sus trends que nos reducen a imitadores con los que experimentar. Lo intentan pidiéndonos las fotos de cuando éramos niños, preguntándonos una ristra de "traviesas" informaciones personales. Lo consiguen animándonos a no quedarnos absolutamente nada para nosotros mismos. Ni la ansiedad. Ni la envidia. Ni la cualidad de distinguir qué hacemos porque nos apetece y qué hacemos para que se vea que lo hemos hecho.

No debería ser tan complicado pensar antes de actuar. Pero ya somos adictos a los impactos audiovisuales sin tregua. Hasta cuando nos metemos en la cama, tenemos el móvil prendido a la caza de la validación del último like del día o, en su defecto, picando el anzuelo del último chute de polémica de la jornada. Que alguien dé la razón a nuestras vehemencias antes de abrazar la almohada. No hay refugio. No hay momento para desconectar de la conexión prendida. Y, claro, no hay tiempo de pensar antes de actuar.