Pasado
En los últimos meses me asaltan recuerdos que no sabía que tenía y que no han surgido de pronto, sino porque, por primera vez, dispongo del vocabulario suficiente para nombrarlos. Hay cosas que a los veinte años llamaba casualidad y ahora llamo miedo. Otras que consideraba ambición y descubro que eran simple hambre. Incluso algunas personas amadas o menospreciadas cambian de sitio cuando nos detenemos en ellas treinta años después. Entiendo algunas cosas más, y esa revelación, de manera aterradora, llega demasiado tarde para que pueda plantearme ningún cambio acerca de ellas.
Mientras el pasado se ordena con una exasperante lentitud, el presente tira hacia el sentido contrario. Cuanto más comprensible se vuelve mi vida, más incomprensible me resulta la época. No creo que vaya a peor; ojalá resultara tan sencillo.
Antes me bastaba una mirada en torno para intuir hacia dónde se movían las cosas. Nosotros éramos las cosas, éramos el momento, o al menos creíamos serlo, porque mi generación, si somos sinceros, nunca accedió a grandes cotas de poder. Ahora necesito que varias piezas heterogéneas me expliquen por qué un vídeo de treinta segundos decide una carrera política, o por qué ese es el último libro que arrasa; en realidad, comienzo a necesitar un intérprete para casi todo.
No quiero volver atrás. De hecho, no cambiaría la posibilidad de entender por fin quién fui por la confusión feliz, intensa y desesperada de los veinte años. No echo de menos mi juventud, sino aquella extraña sensación de vivir en sincronía con la época. De creer que el mundo y yo aprendíamos las mismas cosas al mismo tiempo. De alimentar una esperanza de cambio o de progreso que ahora se ha atenuado.
Crecí rodeada de una generación para la que trabajar hasta la extenuación tenía más de virtud que de obligación. La medalla del agotamiento, el compromiso de dormir poco, la culpa difícil de explicar del descanso. La vergüenza de perder el trabajo. Hoy escucho a jóvenes que hablan de desconexión, de proteger su tiempo, veo que abandonan empleos que invaden su vida privada, y si bien pienso que tienen razón, sigo sintiendo que entonces alguien ocupará tu sitio. No sé cuál de las dos voces es más sabia. Solo sé cuál habla con el acento de mi infancia.
Me pregunto si ahí está la clave, no tanto en cumplir años con alegría o salud como en manejarse entre los distintos idiomas que comienzan justo cuando el siguiente capítulo varía su código. No era entonces la velocidad lo que me desconcertaba, sino el lenguaje.
Lo demás son fechas en un documento de identidad.