Los coleccionistas invisibles

“Una colección es un autorretrato hecho con obras de arte”, dijo el añorado medievalista Jaime Barrachina, conservador del Museo Castillo de Peralada, en una memorable conferencia pronunciada en la Universidad de Barcelona en 2015. Con su inconfundible voz de oboe y vestido con un polo oscuro con la marca de una conocida fábrica cubana de puros habanos, Barrachina diseccionó durante una hora el coleccionismo con su gracia y maestría habituales. Habló de la necesidad de estudiar el coleccionismo desde otros ángulos, como la forma en que se distribuyeron las obras en el espacio en la posguerra, lo que él denominaba el “estilo Parador”, en alusión a la cadena hotelera pública creada por Alfonso XIII; un estilo que abarcaba alfombras y tapices de alta época, donde lo auténtico se mezclaba con lo falso, lámparas facticias con pie de columna barroca y pantalla de pergamino recortada de un cantoral, y que influyó en la decoración de muchos hogares de la época. También reivindicaba las colecciones hechas por mujeres que por entonces comenzaban a salir a la luz. Y las colecciones de los historiadores del arte, poco conocidas, por la aversión de los mismos a que nadie pudiera decir que se aprovecharon de sus conocimientos para construirlas, algo absurdo: “¿No se aprovecha de sus conocimientos un médico para vivir mejor o un arquitecto para tener una mejor casa?”, argumentaba Barrachina. Los historiadores del arte o los anticuarios suelen tener casas donde las piezas dialogan entre ellas y crean un clima visual que explica bien la persona que allí habita. Una casa es un refugio, una guarida, y la huella de la vida queda marcada en los objetos, en el arte, en los libros de sus propietarios. No hay nada peor que una casa vacía, un hogar convertido en habitación de hotel, algo que hoy abunda. Y no es una cuestión de dinero —a partir de 50 euros puedes comprarte un grabado, y un original por lo que vale una buena cena—, sino de educación, voluntad y gusto.