Las arruguitas

Las arruguitas

Sí, esas. Las que se te hacen en las comisuras de los ojos cuando sonríes. No las primeras veces —porque entonces aún no me atrevía a mirarte tanto—, pero después, cuando empecé a fijarme de verdad, fue lo primero que me desarmó. Ni tus palabras, ni tus gestos, ni siquiera tus manos. Y eso que las manos son lo primero en que me fijo en una persona.

Pero contigo, me fijé en esas líneas pequeñas, casi inauditas, las que me perturbaron la calma y me enamoraron. No son arrugas, en realidad. Son como caminos. Como si cada risa, cada tristeza o cada cansancio te hubiera ido marcando un mapa diminuto alrededor de los ojos, un mapa que nadie más parece mirar, pero que yo me sé de memoria. Podría recorrerlo con la punta de los dedos, despacio, sin prisa. Pero no lo hago. Solo lo miro desde una distancia de seguridad, me pierdo y me traspapelo en él.

A veces, cuando sonríes, no escucho lo que dices. Se me apaga todo. Solo veo el gesto, el pliegue leve de la piel, ese instante en que tus ojos se achican un poco y parece que el mundo se afloja también. Y ahí me quedo, callada, intentando no parecer idiota. Me pasa igual cada vez.

Me gustan tus arruguitas porque son reales. Porque no hay artificio, ni pose, ni luz que las disimule. Y yo ya estoy cansada de la gente que se esconde detrás de lo pulido. Tú no. Tú sonríes y la piel te delata. Y a mí me encanta eso: la delación. Que el cuerpo diga lo que tú no dices. Que tu risa se quede grabada en ti como una confesión sin palabras.

Me pierdo en silencio, sí. No por timidez, ni mucho menos por falta de cosas que decir. Sino porque no quiero romper ese momento. Porque mientras sonríes, el ruido del mundo se hace pequeño y solo queda eso: tu cara, la luz, y ese dibujo mínimo de vida que se te forma junto a los ojos. Un detalle tan simple y tan absurdo y, sin embargo, tan mío… Al menos, mientras te miro.

Me gustan tus arruguitas. Y me gustaría tocarte, tocarlas. No de una forma torpe ni romántica, sino para entender la textura de ese instante, para saber si tu risa también se puede sentir en la yema de los dedos.

Pero nunca lo hago. Me contengo porque sé que, si te tocara, ya no sería solo una mira- da, ni un juego de silencios, ni una nostalgia bonita. Sería otra cosa. Y no sé si estoy pre- parada para eso. O si tú lo estás.

Muchas veces pienso que, si alguna vez me tocas, lo notarías. Notarías cómo mi piel guardaría tu gesto, igual que la tuya guarda esas marcas. Y que, entonces, yo también tendría algo tuyo, aunque nadie lo viera. Un rastro. Una huella. Una arruguita invisible que se abre cada vez que me acuerdo de ti.

Te veo sonreír, veo cómo el tiempo se te acomoda en los ojos con una delicadeza que duele, y pienso que ojalá pudiera quedarme dentro de ese segundo, escondida entre tus arrugas, donde todavía no hay miedo, ni vive un nombre, ni se ha escrito el final.

Me pregunto si alguien más se ha fijado. Si alguien más se ha quedado atrapado ahí, en ese gesto tuyo que dura nada y, sin embargo, parece una eternidad. Quiero creer que no, que es solo mío ese descubrimiento, que solo yo soy tu devota silenciosa. ¿Y sabes por qué? Porque cada vez que sonríes así, con las arruguitas bailando a los lados de tus ojos, siento que mi mundo ordena su caos y el resto desaparece.

Y aunque nunca me cansaré de decir que no me gusta el sexo anal, hay algo que me da por el culo y con vaselina con tropezones: sé que, cuando deje de mirarte, la vida seguirá, y las risas serán otras, y esas arrugas seguirán ahí, pero no para mí. Y me quedaré con un recuerdo de brazos cruzados, con ese pequeño temblor y con esa imagen precisa de tu piel plegándose sobre la luz.

En ocasiones, pienso que es eso lo que me ata a ti: esas dos marcas diminutas que me dicen que has reído, que has vivido, que sigues viva y que, de alguna forma absurda y silenciosa, yo también.

© Sara Levesque