La península de las macetas vacías
Que la política española es un erial, nadie, salvo los paniaguados que viven de ella, lo puede negar. Parafraseando a David Uclés, una península de cerebros vacíos. Pero dentro de ese páramo en lluvia incesante hay escenografías que perturban los sentidos más básicos. Me refiero a los mítines de campaña. Desde hace algunos años, para algunas fuerzas políticas un mitin es un espectáculo televisado en el que se pasa lista a los propios afiliados y simpatizantes, obligados a la fuerza a llenar el espacio, pues saben que espontáneamente ningún ser ajeno a la tribu va a acudir a escuchar consignas.
Así, cargos electos, afiliados de buena o mala fe, simpatizantes en busca de una fotografía, forman en cuadrantes para llenar un auditorio. Como capítulos locales de la OJE o de la Sección Femenina toman asiento y se hacen la foto para dejar constancia del cumplimiento de su obligación con el partido. Concentración de estupidez a granel, consagrada en el rito de formar parte de unas listas electorales.
Pero confieso que, entre esos fondos lamentables de pantalla que conforman los mítines, hay uno especialmente perturbador: el de los gañanes que se ponen detrás del líder. Situados estratégicamente detrás del orador, allí están, de oficio, aplaudidores y abanderados de garrafón. Ese telón de fondo humano se compone, según la expresión inglesa potted plants, de seres aparentemente humanos que reciben el nombre de macetas políticas. Habitualmente se escogen para ofrecer una imagen de diversidad. Pretenden hacer pensar al espectador, al que tratan como un lerdo, que ese líder representa urbi et orbi a todas las edades, géneros y razas del mundo. Debidamente aleccionados, ondean banderas y ríen las ocurrencias infames de los oradores, pues a alguno de ellos les va su futuro en ello.
El wallpaper político es la síntesis perfecta de los rescoldos de lo que un día fue la buena política en España. Ahora, figurantes con coeficiente intelectual ínfimo, concejales y diputados a los que les va la vida en ello y restos orgánicos varios se afanan por abrirse hueco en el tapiz de la clap. A diferencia de las plañideras que lloran con desconsuelo fingido la muerte de un parroquiano, los aplaudidores, sin sonrojo, cloquean como gallinas incubando pollitos. Asienten con sus cabezas, como esos perros que se situaban en los alféizares de los coches cuando los vehículos tenían ventanillas traseras.
En un ataque de furia al estilo de Michael Douglas me desharía de todas las macetas. Y el político quedaría solo, sin esbirros detrás, en su esencia genuina. Ya no me distraería el fondo, porque viendo algunas pantallas humanas uno puede acabar pensando que lo mejor es no votar. Por ello, si siguen haciéndolo, escojan mejor las macetas porque algunas, ni regándolas, tienen vida propia.