Felipe
Me sugiere mi amiga Anita que escriba sobre Felipe. Estupenda sugerencia. Acudo a la biblioteca a buscar los cuadernos de Mafalda editados en su día por Lumen. Felipe es uno de los mejores amigos de Mafalda, de simpático aspecto, como todos los personajes que dibujó el genial Quino. Felipe es tímido, aunque atrevido a veces, y su timidez le impide declararse a su enamorada. Pero Felipe es poco hablador, aunque circunspecto cómplice de la protagonista. Felipe lleva desde 1965 con nosotros, y, como todos los personajes de Mafalda, parece que no se ha ido nunca y que tampoco ha crecido nunca. También es simpático Manolito, con su pelo pincho, que recuerda físicamente a un defenestrado secretario de organización socialista.
Cuando quiero seguir, me llama Anita y le leo el inicio de mi artículo. Se espanta y ríe a la vez. Ella se refería a otro Felipe, menos importante pero muy relevante. Se refería a un señor que tuvo el mérito, como presidente del Gobierno de España, de modernizar el país, de dotarlo de una sanidad y educación públicas universales y gratuitas. Que apostó por el europeísmo y tuvo que revertir en atlantista puede que a su pesar. Todo eso y mucho más, y es bello recordarlo porque no debe olvidarse. Pero ese Felipe de los logros objetivos, ese Felipe González de la juventud y la añoranza, ha repercutido en un señor mayor, muy respetable, que ejerce su docencia ciudadana convertido en una suerte de pantomima de lo que fue y de sus propios méritos presentes. Véase el último acontecer de esta semana en el Ateneo de Madrid con cuatro periodistas. Puede que por eso me haya ido a Mafalda y su pandilla. Puede que así sea y, sobre todo, porque nunca hay que perder el sentido del humor ni los buenos recuerdos, que son tan nuestros como de su protagonista.