Cuando la palabra más bonita del mundo es ‘leopardo’
Los leopardos forman parte importante de mi vida. Desde los iniciáticos de los libros —los de Kenneth Anderson, Jim Corbett y luego el de Hemingway— y del cine de sesión doble —el leopardo de Sarawak, enemigo mortal del tigre de Mompracem—, hasta los de verdad, vistos o entrevistos en la India y en África. El primero que vi de carne y hueso, si exceptuamos los del zoo, fue el que se cruzó ante los faros de nuestro baqueteado camión viajando del Ngorongoro al lago Manyara en Tanzania, en 1986. Fue una fulguración moteada que me hizo lanzar un grito en la noche digno de Mogambo: “¡chui!”, leopardo, una de mis pocas palabras en swahili, junto a safari, hatari y daktari, esa letanía.