El vértigo del ‘Homo sapiens’

El vértigo del ‘Homo sapiens’

Ocurrió hace 67.800 años. Alguien pintó la silueta de una mano en una cueva de Indonesia y la convirtió sin siquiera imaginarlo en la obra de arte más antigua del planeta. El descubrimiento de un grupo de arqueólogos australianos desbanca a las pinturas halladas en 1951 en la cueva de Maltravieso de Cáceres a las que se atribuye una antigüedad de al menos 60.000 años. Digo ‘al menos’ porque las técnicas de datación con series de uranio usadas por los paleontólogos solo establecen el mínimo de antigüedad no la cronología precisa . Así que de momento, y que sepamos, esa primera expresión artística acontecía unos 130.000 años después del surgimiento en África del Homo sapiens, nuestro ancestro, alguien alzado sobre dos piernas, con un cerebro más grande que los primates y capaz de emplear un lenguaje complejo y usar herramientas avanzadas, alguien al que atribuimos el pomposo titulo de rey de la creación por suponerlo creado a imagen y semejanza de Dios. Un monarca que a pesar de esas habilidades tardaría, desde aquella mano de Indonesia, miles de años en inventar la escritura, el hito que marcaría el comienzo de la historia de la humanidad. Hasta que los sumerios de la antigua Mesopotamia registraran hace unos 5.000 años en tablas de arcilla leyes, pensamientos y hechos, el ser humano tuvo una evolución tan lenta y tediosa que el paso de los milenios apenas sí generaban pequeños avances.

Esos primeros escritos sobre arcilla constituyen un antes y un después de la humanidad, el hito que marcó el inicio de la gran carrera del Homo sapiens que se iría acelerando hasta dispararse en los últimos decenios. Fue el principio de la comunicación, la que permitió custodiar el conocimiento y difundirlo impulsando su desarrollo a una velocidad que hoy se nos antoja vertiginosa. El acelerón sin embargo apenas ha cumplido dos siglos, en 1844 es enviado el primer mensaje a distancia por el telégrafo eléctrico de Samuel Morse y este año se cumplirá el 150 aniversario del teléfono de Alexander Graham Bell. La radio habría de esperar 20 años más, Guillermo Marconi lograría la primera comunicación trasatlántica en 1901 y los primeros experimentos de televisión cumplirán ahora un siglo.

En cuanto a los móviles, que nos parecen cosa de toda la vida, no harían su aparición hasta bien entrados los 70, móviles analógicos que nada tienen que ver con los smartphones que no han cumplido ni 20 años y que constituyeron toda una revolución. Dispositivos capaces de combinar las funciones de un teléfono celular con las de una computadora. Un instrumento que ahora maneja hasta un bebé y que permite comunicarse al instante con un ciudadano de las antípodas viendo su cara en alta resolución como si estuviera en el salón de casa, además de establecer redes sociales de las que participan millones de personas de todo el planeta. Esa comunicación tiene acceso directo a innumerables aplicaciones capaces de entrar en millones de archivos cuya gestión hace solo un par de décadas nos llevaba días de exploración.

Todo esto ha ocurrido tan deprisa que para no perder el paso a las nuevas tecnologías hay que reciclarse casi a diario. Es lo que ya ocurre con el último y más sofisticado de los avances, la inteligencia artificial, un intento de resolver tareas cognitivas con el objetivo de que iguale e incluso supere a la inteligencia humana. Sistemas capaces de tomar por sí solos decisiones estratégicas que hasta ahora, y desde la aparición del Homo sapiens, eran monopolio exclusivo del rey de la creación. El vértigo está justificado.