El Delibes más íntimo, a través de la mirada de su nieto Germán
Este libro, El abuelo Delibes (Destino), de Germán Delibes, el segundo de los 18 nietos del escritor vallisoletano, se lee como si uno hubiera entrado en las casas, en el inolvidable retiro familiar de Sedano, en el entorno familiar de Valladolid, e incluso en el alma dolorida, pero tantas veces alegre, del autor de Señora de rojo sobre fondo gris, en el que Delibes vuelca el inolvidable amor de su vida, su mujer, Ángeles. Para contar esa vida en la casa y en el campo, Germán (Valladolid, 1973) habló con sus padres, con sus hermanos, con sus primos (entre ellos, Elisa Silió, compañera en EL PAÍS, el periódico que pudo haber dirigido su abuelo), y el resultado de la pesquisa es ahora un recuento que parece escrito para ser leído en una de las estancias tranquilas de Sedano. Él es maestro de primaria en Castilla y León. Como el abuelo, como todos en esa casa, es un apasionado de los deportes.
El hombre que miraba a los pájaros
Miguel Delibes se pasó la vida mirando a los pájaros y a los niños. Al campo, al aire y al alma. Ahí estaban sus lugares soñados. Ese ámbito de literatura y de soledad ha inspirado ahora un libro insólito a Gustavo Martín Garzo, vallisolitano cuya raíz poética está aquí como un abrazo al maestro. El libro (Delibes, los pájaros y los niños, Fotografías de Navia, publicado por Eolas Ediciones) es el retrato del mundo según el autor de Los santos inocentes. Y coincide en las librerías con El abuelo Delibes.
El poeta que es Martín Garzo traslada, en Delibes, los pájaros y los niños, aquel modo de mirar la vida que distinguió el ser y la escritura de Delibes. “Paul Klee”, señala Garzo, “dijo que la misión del arte no es representar lo visible, sino hacer visible lo que no vemos. Miguel Delibes no nos ofrece en sus textos la imagen ya sabida del mundo, sino la de aquello que no solemos ver”.
Las ratas fue para el joven Martín Garzo la lectura inaugural de Delibes. ¿Qué queda de ella en su memoria? “Es la más audaz y honda, la más arriesgada y poética de sus obras. El Nini, su niño protagonista, aún no ha renunciado a la magia de la infancia. Él nos enseña a mirar las cosas desde lugares inimaginables, como hacen los niños cuando dibujan. No pintan el caballo sino su emoción al descubrirlo. Pintan su asombro al verlo en el prado, su fusión con él. Pintan pequeños centauros. Así es la mirada de El Nini en esta novela inolvidable, tan cercana, a pesar de su aparente realismo, al mundo del mito”.
Los Santos Inocentes fue un estampido, y “Milana Bonita" fue el sonido mayor de aquel libro. Perdura. “Si esa expresión sigue conservando tantos años después su poder encantatorio es porque, como las cosas que las madres les dicen en secreto a sus niños pequeños, pertenece al mundo de la canción. Tiene que ver con el anhelo del milagro, y esta es la razón por la que la grajilla acude a Azarías cuando la llama. Recuerda el parloteo dulce del amor y del juego. Y nosotros temblamos al escucharla porque, como escribió Canetti, ‘en los juegos verbales desaparece la muerte”.
Dice Martín Garzo sobre lo que aprendió de aquel hombre que miraba a los pájaros: “Me ha enseñado que hay una continuidad en la existencia de las cosas y de los seres, a pesar de su diferencia de aspecto, que la vida es una corriente inmensa que compartimos no sólo con los otros individuos de nuestra especie, sino con los animales y los ríos, con los campos de espigas y los cielos salpicados de estrellas. Y que debemos aprender a respetarla y a amarla”.
El libro tiene fotografías del mundo de Delibes realizadas por José Manuel Navia. Dice el autor del libro: “Tanto Navia como Delibes nos llevan con sus obras a esos lugares donde ver y soñar se confunden”.